Así como cuidamos el cuerpo y la mente, el alma exige atención. Descubre cómo la higiene espiritual y la humildad nos protegen de los extremos
Es de personas educadas y civilizadas cuidar diariamente la salud e higiene, desde el adecuado lavado de las manos y los dientes hasta el cabello. Además, se procura usar jabones, champús, desodorantes, cremas y perfumes. De igual manera, tratamos de mantener una buena higiene emocional que nos permita llevar una vida más tranquila y ecuánime, alejando las emociones negativas que ensucian y perturban nuestro carácter y nuestras relaciones humanas.
Más allá del cuerpo y mente
Pues ahora proponemos hacer lo mismo con nuestra vida espiritual: llevar una correcta y equilibrada relación con nuestras virtudes respecto a Dios. Tiene que ver con procurar vivir una vida interior alejada de turbulencias y conductas que nos intoxiquen, con tentaciones banales que nos lleven a vivir con culpa, con pensamientos negativos, con falta de fe y, sobre todo, evitar perder ese contacto con lo sagrado, lo trascendente, lo que le da el verdadero sentido a nuestras vidas.
Al perder la limpieza espiritual, fácilmente nos podemos enfermar de soberbia, de rigidez, de miedo, de vanidad, de intolerancia, así como sentirnos superiores a los demás e ignorar la importancia del agradecimiento por todo lo que tenemos.
El correcto equilibrio
Una buena higiene espiritual nos lleva a mantener un equilibrio justo, cuidando de no caer en ningún extremo, tal y como Aristóteles nos lo propuso al decir que la virtud se encuentra en el término medio. Lo que después retomó San Agustín para llevarlo al territorio de la fe al hablarnos del orden interior y poder establecer una correcta jerarquía de nuestros amores, estableciendo una justa y adecuada manera de amar en la medida en que corresponda vivir en la virtud.
Pues los extremos alteran este justo equilibrio y nos pueden llevar al fanatismo y a convertir a Dios en un juez implacable y castigador. O caer en una laxitud permisiva que no cuestiona nuestra moral y nos permitimos toda clase de comportamientos inadecuados hasta abrazar, incluso, los vicios y justificarlos.
La purificación progresiva del alma
Ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre: la virtud está en el término medio. Es así como llegamos a una mayor higiene espiritual, una purificación progresiva de nuestra alma.
Nuestro Señor Jesús nos dio una pista muy precisa: «Cuando ores, entra en tus aposentos», es decir, que sea algo íntimo e interno y que no sea motivo de exhibicionismo. Es un punto clave de limpieza interior, porque haces con un amor verdadero ese diálogo con nuestro Creador.
La fe ni se oculta ni se exhibe, pero no debe depender de la mirada de los demás, como tampoco ser incongruente y querer aparentar una vida virtuosa ante la sociedad mientras en lo privado se vive con un ego inflamado y sucio que busca enmascarar su falsa espiritualidad.
La trampa del fanatismo y el ego
Tal vez por ello uno de los más difíciles extremos es el del fanático: es rígido y estricto con la moral hacia el comportamiento de los demás, pero permisivo consigo mismo, a veces hasta aparentar vivir una vida virtuosa. Tal y como pasa al «ser candil de la calle y oscuridad de la casa».
La limpieza espiritual es transparencia moral; no hay división de dos mundos. Se es claro y consistente, precisamente desde donde aparece una de las virtudes más importantes: la humildad.
La humildad como un jabón para el alma
Es como el jabón, el antiséptico más efectivo para el alma. Nos recuerda que también cometemos errores y nos equivocamos. Y que así el perdón opera de una manera simple y sencilla, para realmente ejercer la caridad con los demás y con nosotros mismos.
Una espiritualidad más sana nos debe conducir a ser más humanos, menos capaces de juzgar a los demás, más conscientes de nuestra propia sombra y menos atentos a la ajena. La limpieza espiritual nos lleva a ser más respetuosos y tolerantes, a vivir con más serenidad, misericordia y libertad interior.
Nuestra higiene espiritual comienza al vivir con la humildad y el agradecimiento por todo lo que recibimos, y así limpiarnos diariamente del polvo que sí nos ensucia el alma.








