La caída sostenida de las tasas de fecundidad en los países desarrollados ha generado un debate cada vez más encendido.
En ese contexto, un reciente artículo publicado en la revista Politics and the Life Sciences, firmado por Mads Larsen y sus colaboradores, propone soluciones que van desde la maternidad en solitario subsidiada por el Estado hasta úteros artificiales y gestación subrogada patrocinada por gobiernos. La socióloga Rosemary L. Hopcroft, profesora emérita de la Universidad de Carolina del Norte en Charlotte y autora de obras como Evolution and Gender: Why it matters for contemporary life (Routledge, 2016) y Not So Weird After All: The Changing Relationship Between Status and Fertility (Routledge, 2024), analiza con rigor estas propuestas en el Instituto para los Estudios de la Familia (IFS) y concluye que, aunque parten de premisas parcialmente válidas, conducen a soluciones distópicas que difícilmente mejorarán los resultados reproductivos, ni a nivel individual ni social.
Larsen y sus coautores sostienen que las tasas de fecundidad extremadamente bajas en las sociedades desarrolladas se explican por la interacción de tres factores: el empoderamiento económico de las mujeres, la disponibilidad de anticonceptivos eficaces y las diferencias evolutivas en las preferencias de pareja entre hombres y mujeres. Sin una base empírica, según este esquema, las aplicaciones de citas agravan el problema: un número reducido de hombres atractivos acapara la atención desproporcionada de las mujeres, mientras que muchos hombres quedan excluidos del mercado de las relaciones estables. Al mismo tiempo, los anticonceptivos facilitan estrategias de «apareamiento» a corto plazo, y la independencia económica femenina reduce la necesidad de inversión parental masculina. La conclusión que extraen los autores resulta, cuando menos, ideológicamente sugerente: para elevar las tasas de natalidad, los gobiernos deberían fomentar activamente la maternidad y paternidad fuera de las relaciones de pareja estables. Proponen, entre otras medidas, guarderías disponibles las veinticuatro horas, «gestación subrogada patrocinada por el Estado para hombres solteros que deseen ser padres» y el desarrollo de úteros artificiales para que los hombres sin pareja puedan tener hijos sin intervención femenina.
Bajo semejante perspectiva y propuestas, cabe preguntarse: ¿Y los niños? ¿Acaso los bebés no importan? ¿Y qué hay de sus derechos, de su estabilidad y de su desarrollo? ¿Se convertiría el Estado en el «Big Father» de todas estas criaturas?
Hopcroft reconoce que el núcleo del argumento de Larsen tiene cierto mérito. Es un hallazgo bien documentado en la literatura de psicología evolutiva que las mujeres son, en promedio, más selectivas que los hombres a la hora de elegir pareja. La razón biológica es clara: los costos fijos del embarazo, el parto y la crianza son significativamente mayores para las mujeres. A lo largo de la evolución, aquellas que elegían con cuidado a compañeros dispuestos y capaces de contribuir a la crianza tenían más probabilidades de tener descendencia superviviente, lo que favoreció la selección de rasgos de mayor selectividad y preferencia por proveedores confiables. También concede que el empoderamiento económico femenino ha dificultado que los hombres de menor estatus encuentren pareja estable.
Sin embargo, a partir de ahí, el argumento de Larsen y sus colegas se desmorona, según Hopcroft, por ignorar las realidades sociológicas contemporáneas. En primer lugar, en todos los países desarrollados son los hombres de mayor estatus y recursos económicos quienes tienen más probabilidades de casarse y tener hijos, y menos probabilidades de divorciarse. Datos de Estados Unidos muestran que los hombres en la categoría de ingresos más alta tienen aproximadamente 57 puntos porcentuales más de probabilidad de casarse alguna vez que los hombres en la categoría más baja, y alrededor de 37 puntos porcentuales menos de probabilidad de divorciarse. Además, contrariamente a la narrativa de ciertos círculos en línea que presentan a estos hombres como simples proveedores que las mujeres toleran mientras buscan aventuras con otros de «mayor calidad genética», los datos de sitios de citas en línea muestran que son precisamente los hombres con alta educación e ingresos elevados quienes reciben más atención de las mujeres. Si las aplicaciones de citas realmente crearan oportunidades ilimitadas para que los hombres de alto estatus eviten el compromiso, estos deberían ser los menos propensos a casarse. Ocurre exactamente lo contrario. Como señala Hopcroft, «la evidencia empírica muestra que la mayoría de hombres y mujeres hoy en día todavía se encuentran mutuamente útiles como parejas a largo plazo, y quienes tienen éxito en encontrar y mantener una pareja son los más propensos a tener hijos que serán exitosos».
En segundo lugar, la caída de la fecundidad y del matrimonio no puede atribuirse únicamente al empoderamiento femenino. Factores como el encarecimiento de la vivienda, los cambios culturales y la creciente brecha educativa entre hombres y mujeres desempeñan un papel sustancial. Las políticas públicas también importan. En Suecia, según documenta el investigador Martin Kolk, las transferencias a las mujeres que tienen hijos les permiten tomar licencias familiares y quedarse en casa para cuidarlos, no trabajar más horas. De hecho, las mujeres con más hijos son las que trabajan menos horas a lo largo de su vida. Además, estos beneficios tienden a favorecer en la práctica a las parejas de mayor estatus, redistribuyendo recursos hacia arriba y agravando probablemente las dificultades que enfrentan los hombres y mujeres de menor estatus para formar uniones estables.
En tercer lugar, Hopcroft cuestiona la propuesta de apoyar más generosamente a las mujeres que desean ser madres en solitario como estrategia para elevar la natalidad. Incluso en los países escandinavos, donde el apoyo estatal a los padres solteros es más generoso, las mujeres de menor estatus tienen más probabilidades de renunciar a la maternidad por completo que de tener hijos fuera de relaciones estables. «La selectividad femenina y los resultados desiguales de apareamiento para los hombres de menor estatus no son fenómenos nuevos, sino características permanentes de las sociedades humanas», escribe la autora. A esto se suma que la evidencia disponible demuestra que las familias biparentales con ambos progenitores biológicos ofrecen, en promedio, los mejores resultados para los hijos: menor mortalidad, mayor nivel educativo y mayores ingresos en la adultez.
La evidencia disponible demuestra que las familias biparentales con ambos progenitores biológicos ofrecen, en promedio, los mejores resultados para los hijos: menor mortalidad, mayor nivel educativo y mayores ingresos en la adultez.
Finalmente, Hopcroft también cuestiona el argumento histórico de Larsen, quien sugiere que los matrimonios arreglados en las sociedades preindustriales mitigaban los desajustes en las preferencias de pareja al anular la elección femenina. La socióloga señala que el matrimonio arreglado está asociado principalmente con las sociedades agrícolas, una fase relativamente reciente en la historia humana. Durante la mayor parte de la historia evolutiva, tanto hombres como mujeres probablemente ejercieron su capacidad de elección al seleccionar pareja. De hecho, la propia existencia de la selectividad femenina implica que las mujeres históricamente tuvieron agencia para elegir; sin esa agencia, no habría habido base para que ese rasgo fuera seleccionado evolutivamente.
La conclusión de Hopcroft es contundente: aunque las diferencias entre sexos en la elección de pareja son una realidad psicológica, y el empoderamiento económico femenino probablemente ha reducido el matrimonio y la fecundidad respecto a épocas anteriores, el escenario de Larsen y sus colegas, que presenta las estrategias de apareamiento a corto plazo como la causa principal de la baja fecundidad, ignora las realidades del matrimonio y la parentalidad en la mayoría de los países desarrollados. «La mayor individualización de la reproducción que los autores recomiendan es una solución distópica poco bienvenida que es poco probable que tenga éxito en mejorar los resultados reproductivos, ya sea a nivel individual o social», concluye la profesora emérita.
La Iglesia Católica, por su parte, sostiene en documentos como Donum Vitae (1987) y Dignitas Personae (2008) que la procreación humana debe ocurrir dentro del matrimonio y como fruto del acto conyugal. La Iglesia rechaza las técnicas de reproducción artificial, los úteros artificiales y la gestación subrogada, pues disocian la generación de vida humana del contexto del amor conyugal y de la familia, instrumentalizan el cuerpo humano y vulneran la dignidad tanto de los hijos concebidos como de las personas involucradas en el proceso.
Por Edwin Botero Correa-Razónmasfe
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