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Existen muchos motivos por los que un niño puede tener comportamientos agresivos, mediante los cuales demuestra una cierta hostilidad hacia los demás a través de conductas físicas agresivas o bien, mediante un lenguaje agresivo.

En primer lugar hay que tener en cuenta el temperamento; es decir, esa forma peculiar de ser que tiene el niño casi desde el mismo momento de su nacimiento, y que, en muchos casos, tiene un carácter hereditario. Hay niños que nacen con una cierta predisposición a tener una personalidad en la que la agresividad sea uno de sus rasgos característicos. No obstante, la educación y las experiencias que el niño vivirá a lo largo de su existencia modelarán de forma decisiva estos rasgos temperamentales iniciales.

Por tanto, el ambiente dentro del cual el niño se desarrolla tiene una influencia, a veces decisiva, sobre su propio comportamiento. 

Los niños más agresivos suelen ser aquellos que padecen o han padecido durante la infancia separación de los padres.

Los niños más agresivos suelen ser aquellos que padecen o han padecido durante la infancia separación de los padres (divorcio, nulidad matrimonial, emigración, abandono o muerte de uno de los progenitores, etc.); también aquellos que han sufrido malos tratos por parte de sus padres, otros familiares o personas con las que mantienen cierta dependencia (tutores, profesores, etc.).

En el fondo, lo que subyace dentro de cada una de estas situaciones es un conjunto de vivencias de privación afectiva, por las cuales el niño no se siente suficientemente atendido y querido, lo que va a dar lugar a una cierta hostilidad hacia esos seres próximos y hacia la sociedad en general, que se suele manifestar en forma de conductas agresivas e incluso delictivas, configurando una personalidad psicopática, que se caracteriza precisamente por una personalidad anómala, en cuya estructura destacan como factores anómalos la falta de control de las tendencias agresivas (que están muy desarrolladas) y las dificultades de adaptación e integración social, que ha llevado a la Asociación Americana de Psiquiatría a denominar este trastorno con el nombre de «personalidad asocial».

No siempre que nos encontramos ante un niño agresivo se trata de una personalidad psicopática. Los niños «hiperquinéticos» también suelen tener conductas agresivas, pero en estos casos se trata de agresiones compulsivas; es decir, de agresiones que se llevan a cabo de forma inevitable, automática, como consecuencia del trastorno que padecen. Es característico que la persona agredida sea precisamente la más querida para estos niños, y que la agresión no tenga estímulo o causa que la justifique.

Se pueden producir conductas agresivas durante la infancia en niños especialmente sobreprotegidos.

También se pueden producir conductas agresivas durante la infancia en niños especialmente sobreprotegidos. La sobreprotección se da cuando los padres están demasiado pendientes de lo que el niño hace, atemorizados por la posibilidad de que le pueda ocurrir alguna desgracia, y pendientes de satisfacer la mayoría de sus caprichos. En estos casos no se dan las circunstancias de la privación afectiva, sino todo lo contrario: las conductas agresivas surgen como consecuencia de la intolerancia a las frustraciones que, inevitablemente, van surgiendo, pudiéndose configurar también en estos casos una personalidad psicopática.

Otros trastornos psicopatológicos pueden dar lugar también a conductas agresivas durante la infancia, como las deficiencias intelectuales (oligofrenias) o bien las denominadas cromosomopatías, es decir, las alteraciones en la configuración genética de los cromosomas, que se advierten desde el nacimiento, siendo las más comunes las denominadas síndrome de Turner y síndrome de Klinefelter. La trisomía XYY por la cual existe un cromosoma «Y» supernumerario, también favorece los comportamientos agresivos desde la misma infancia, al igual que otras enfermedades, como la epilepsia, etc.

Vía Aciprensa

 

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