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En un noviazgo… las heridas emocionales condicionan nuestro modo de relacionarnos. ¿Qué podemos hacer entonces?

En las últimas semanas he tenido la oportunidad de hablar con varios grupos de universitarios sobre noviazgo y matrimonio. Recorríamos el camino del amor que lleva a un chico y una chica desde el primer chispazo de atracción a iniciar una relación para conocerse, ir profundizando y creciendo en ese amor y valorar si quieren plantearse un proyecto de vida juntos.

En este itinerario, les hacía ver la importancia de dedicar tiempo a conocerse para poder vivir las relaciones de amor en la verdad. Y les mostraba cómo el amor no puede separarse de la verdad y la libertad.

Si no conozco a la otra persona, no puedo decidir libremente si quiero o no vivir mi vida con ella. Y en sentido inverso, si no me doy a conocer, la otra persona no podrá decidir con libertad si quiere unir su vida a mí.

 

 

La doble elección

Y es que, cuando nos estamos planteando el matrimonio, hacemos una doble elección:

Elegimos a una persona: «Te elijo a ti y me entrego a ti», el amor nos lleva a querer compartir la vida con la persona a la que amamos.

Elegimos la forma de relación en la que queremos vivir nuestro amor: ¿como pareja de hecho, como unión matrimonial civil o canónica? Es una decisión que es importante valorar y elegir, también desde la libertad.

Hablando de circunstancias que conviene tener en cuenta para poner unas buenas bases a la relación, les decía que es bueno ser conscientes de que todos tenemos heridas. Incluso si hemos vivido en una familia que nos ha querido mucho, siempre hay alguna herida -más o menos grande- causada por algo que nos han hecho o por algo que no nos han dado como necesitábamos.

Antes de poner ejemplos para entenderlo mejor, me gustaría aclarar que las heridas emocionales no necesariamente son consecuencia de hechos objetivamente graves. Pero es que cuando hablamos de sufrimiento emocional no hay que compararse: tal vez lo que te ha pasado a ti es más grave que lo que me ha ocurrido a mí. Pero eso no me quita mi dolor ni mi herida.

Como digo, las heridas pueden ser:

Por algo que nos han hecho (por ejemplo, cualquier tipo de abuso; pero también por cosas menos graves objetivamente -por ejemplo, comentarios sobre el aspecto físico- que nos han causado daño provocando inseguridad y falta de autoestima);

También por algo que no hemos tenido cuando lo necesitábamos (por ejemplo, la presencia de padre y madre en la infancia; pero también que nos manifestaran el cariño de una forma distinta a la que hemos recibido);

O por algo que uno mismo ha hecho directa o indirectamente y le duele (por ejemplo, un aborto; pero también una traición a un amigo o amiga, una ruptura anterior…).

 

 

Que las heridas no nos determinen

Las heridas que tenemos indudablemente influyen en nuestra forma de ser y de querer; lo importante es que, aún influyendo, no nos determinen.

Volviendo a lo que decía sobre elegir a una persona y para vivir una relación de amor: si tengo una herida causada porque no he tenido a mi padre o a mi madre en la infancia, quizás esa carencia me lleve a buscar no una relación de pareja, de igual a igual, sino una persona que haga de padre o madre.

Por eso es recomendable que cada uno conozca sus heridas, grandes o pequeñas. Porque reconocerlas es el primer paso para curarlas. El segundo es poder expresarlas: contar a otra persona lo que sientes, lo que te duele, lo que te da miedo… es sanador. Tal vez, además, hará falta una ayuda especializada: depende de la herida. Pero siendo consciente de lo que te pasa, ya no determina tus decisiones. Y así podremos amar desde la libertad de ser uno mismo y no desde las carencias provocadas por heridas.

 

 

Escrito por: María Álvarez de las Asturias, vía Aleteia.

 

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