Compartir:

¿Puede un gran fracaso transformarse en nuestro mayor éxito? Conoce las cuatro lecciones que te ayudarán a lograrlo.

«No aprendiste a caminar la primera vez que lo intentaste, te caíste una y otra vez, lloraste, te hiciste daño; pero, ¿te rendiste?». Con esta frase comienza este sencillo pero elocuente video de Casi creativo, que trata un tema muy conocido por todos: el fracaso. ¿Cómo aproximarnos a él para aprender de nuestros errores?

 

 

Equivocarnos es una situación tan obvia y tan común en nuestra vida que la olvidamos con frecuencia. Nos ahorraríamos muchas frustraciones si recordáramos constantemente esta verdad: somos frágiles. No nacimos sabiendo, casi todo en nuestra vida lo tenemos que aprender.

Para reflexionar sobre este video voy a utilizar como base el libro «El arte de aprovechar nuestras faltas» de José Tissot. Fue publicado hace ya muchos años, pero sus consejos espirituales han sido y siguen siendo de gran utilidad.

Con frecuencia empezamos nuestros proyectos llenos de ilusión, confiados en nuestras capacidades y planes. Incluso en nuestra vida cristiana comenzamos llenos de amor y con grandes deseos de santidad. Pero cuando pasa el tiempo y el camino comienza a ser cuesta arriba, comenzamos a resbalarnos, nos caemos, desaceleramos el ritmo y nos comenzamos a cansar.

Nos extrañamos como si eso no hubiera sido parte del plan inicial, como si no hubiera estado incluido en el paquete del «producto original» que nos vendieron. Antes que desanimarnos tenemos que preguntarnos: ¿qué significa el fracaso en mi vida?, ¿una caída significa que he fracasado? No.

«De ordinario—dice el P. Grou—, nuestras caídas provienen de la rapidez de la carrera y de que el ardor que nos impulsa no nos permite tomar ciertas precauciones. Las almas tímidas y cautelosas, que tratan de mirar siempre dónde ponen el pie, que dan rodeos continuamente para evitar los malos pasos y tienen un temor exagerado a mancharse, no avanzan tan rápidamente como las otras, y la muerte las sorprende, casi siempre, a la mitad del camino. Los más santos no son los que cometen menos faltas, sino los que tienen más valor, más generosidad, más amor, los que hacen más esfuerzos sobre sí mismos, y no tienen miedo de tropezar, ni aun de caer y mancharse un poco, con tal de avanzar» (Manual de las almas interiores).

San Juan Crisóstomo nos dice lo mismo en otros términos: «Cuando un soldado que está combatiendo recibe alguna herida o retrocede un poco, nadie es tan exigente o tan ignorante de las cosas de la guerra que piense que eso es un crimen. Los únicos que no reciben heridas son los que no combaten; quienes se lanzan con ardor contra el enemigo son los que reciben los golpes».

Existe un pensamiento muy fuerte en nuestro entorno que afirma que se puede llegar a la meta sin ensuciarse, permaneciendo intactos, perfectos, sin que ni siquiera se nos mueva un pelo. Por eso, cuando el fracaso se presenta, simplemente es inconcebible que lo haga.

 

 

Lecciones para transformar un fracaso en grandes éxitos

Para entender mejor este tema de superar un fracaso y crecer en madurez espiritual les dejo 4 lecciones que nos da el autor del libro que les mencioné:

1. No debemos desanimarnos a la vista de nuestras faltas

La inmensa mayoría de las caídas no reparadas proceden del desaliento. El consejo de los maestros espirituales es: «no desesperar nunca». Nos dicen que nuestra salvación tiene dos enemigos mortales: la presunción en la inocencia y la desesperación después de las caídas; este segundo es el más terrible, pues sin esperanza no hay ninguna victoria que se pueda asegurar, pues es en la esperanza donde somos salvos (Rom 8, 14).

Para lograr no desanimarnos debemos ser conscientes porque lo hacemos y luchar contra esos pensamientos y sentimientos, sacar de nuestra vida la idea de que nuestra flaqueza es grande e imposible de vencer, olvidándonos de lo que Dios hace en nuestra vida, dudando o desconociendo su misericordia.

2. Aprender de nuestros errores para ser más humildes por el conocimiento de nuestra pequeñez

Recordar que en nuestra vida «todo contribuye al bien de aquellos que aman a Dios» (Rom 8, 18). Todas las cosas en nuestra vida suceden por algo, no podemos perder la paz frente a las dificultades y ser agradecidos. No todo para que sea bueno, tiene que ser perfecto.

La actitud es la de alegrarse por igual con las victorias y las derrotas para que, viviendo en la verdad, podamos liberarnos de cargas injustificadas.

Es necesario ser humildes para aceptar que no todo lo podemos y que en nuestra pequeñez Dios nos educa para hacer cosas grandes con nosotros.

3. Aprovechar nuestras faltas para aumentar nuestra confianza en la Misericordia de Dios

Dios nunca cambia su disposición primordial y sustancial para con nosotros: el amor que nos tiene. Frente a nuestra nada, su bondad se convierte en amor; frente al pecado, su amor se convierte en misericordia; y con esto queda todo dicho.

Queda todo dicho, pero con una condición: que tengamos esperanza. En cierto sentido, nadie tiene tantos méritos como el que se ha equivocado para esperar en Dios.

¡Y aún hay más! Nos dicen los grandes maestros de la vida espiritual, que la misericordia no se puede ejercer sino sobre la miseria.

4. Aprender de los errores para afirmarnos en la perseverancia

Esta es la primera lección que nuestra vigilancia debe sacar de nuestras caídas: reconocer y combatir las causas, evitar la imprevisión y la ligereza y sobre todo, evitar las ocasiones voluntarias. Los navegantes tienen sus cartas marinas en las que señalan cuidadosamente los arrecifes que conocen. A la luz de nuestras faltas pasadas, hagamos también nuestra carta de navegación.

En ella deben estar señaladas las causas de nuestras anteriores caídas, las inclinaciones, las ilusiones vanas, las faltas de precaución que han traído nuestras frustraciones y desánimos.

Sabiendo esto evitaremos en lo sucesivo los escollos señalados por nuestros naufragios. De este primer provecho que saquemos de nuestras faltas, resultará naturalmente, la fidelidad a los medios para perseverar.

 

 

Escrito por: Luisa Restrepo, vía Catholic-Link.

 

Compartir: