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Decirles con todo cariño que ustedes valen muchísimo más que su apariencia, que no necesitan demostrárselo a nadie.

Como muchos profesores, soy profesor casi desde que dejé de ser formalmente alumno aunque nunca dejaré de serlo informalmente, ni alumno, ni profesor. Este oficio tiene la peculiaridad de mantenernos en una especie de estado adolescente o juvenil permanente.

De tanto hablarles y escucharlos rejuvenecemos y se nos pega un poco esa mentalidad esperanzada, acelerada, aguda e ingenua, insegura, algo crédula y autosuficiente de los jóvenes.

Pero al mismo tiempo nos envejece y prolonga nuestras paternidades y maternidades. Nos duelen sus dolores, nos conmueven sus esperanzas, sin querer se nos ahíjan, los adoptamos un poco. Por eso, quiero escribirle algo a las chicas.

Listo, lo digo sin darle muchas vueltas: me da rabia cuando alguien las mira como objetos, cuando alguien habla de ustedes como si fueran presas de caza. Sé distinguir muy bien esa especie de seguridad brutal y estúpida en la mirada de un hombre porque sé qué significa y lo que ese corazón contiene de crueldad y soledad, de inseguridad y pobreza de fondo.

Me da mucha rabia cuando ustedes mismas, en una mezcla de estupidez e ingenuidad no miden lo que despiertan por la forma en que se visten y el canal de valoración en el que se ponen, y me da mucha pena cuando sí lo saben porque es muy triste jugar con las personas y dominarlas por sus más bajas pasiones.

No miden lo que despiertan por la forma en que se visten y el canal de valoración en el que se ponen.

Ya sé lo que dirán de mí: “que soy viejo y anticuado”, “que no entiendo” o “que tengo prejuicios porque soy católico y todo depende de cómo se mire y bla, bla, bla”. Pero queridas mías, yo he escuchado por horas sus penas, sus desencuentros, la incomprensión que sufren, el poco respeto que se tienen y que les tienen, la pobre autoestima que está detrás de tanto aspaviento y griterío, la soledad y el dolor de no ser amadas, de esperar un amor verdadero que les arde en las entrañas y no encontrarlo, de ir decepción tras decepción y miedo tras miedo.

Ya quisiera yo equivocarme, pero he visto tantas veces el abismo que se esconde detrás de la falsa alegría y la falsa libertad que no puedo sino advertirles una vez más y pedirles con el corazón en la mano que se cuiden, que se respeten, que se hagan respetar. Decirles con todo cariño que ustedes valen muchísimo más que su apariencia, que no necesitan demostrárselo a nadie. En fin queridas hijas, tal vez solo decirles que Dios las ama infinitamente.

Es una gran miopía culpar a la sexualidad de este tipo de daños, o invocar a la represión y los tabúes. No se trata de eso, en realidad se trata de la capacidad de amar, de la madurez en la mirada de la propia vida y del mundo, de saber vivir y compartir, de crecer y ser persona, de ser mujeres queridas hijas, de ser mujeres. De descubrir ese inmenso poder educativo y bondadoso que tienen sobre nosotros los hombres y que llamamos amor.

 

Por José Manuel Rodríguez Canales

Director Académico del Instituto

para el Matrimonio y la Familia

 http://roncuaz.blogspot.com/

 

 

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