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¿Qué hay detrás de una decisión que puede cambiar tu vida tal como la conocías? Esta puede producir vértigo y calma.

Hace dos meses, renuncié a un puesto gerencial, después de seis años de trabajo, mucho
esfuerzo y dedicación. Parecía que había llegado la hora. Vértigo.

Recuerdo la cara de muchos que me preguntaban, incrédulos y desconcertados:

¿Renunciaste? Y yo sentía cada vez más vértigo. Los más cercanos, lo hacían con cierta
tristeza. Sabían lo que suponía para mí hacerlo.

Renunciaba a un puesto que da cierto estatus y reconocimiento social. Llegué a él con 31
años y, en ese entonces, era la persona más joven que asumía un cargo de esas
características, al menos, en Latinoamérica. Todo un reto.

Siempre me ha gustado estructurar, organizar y, cuando ha sido posible y en calidad de
mortal, liderar. Los que me conocen de siempre, los de toda la vida, saben que no miento.
Para mí, ese cargo, que a muchos les imponía y les parecía del “más allá”, nunca fue mi
aliciente. Lo que me motivaba era seguir desarrollándome, aprendiendo, formar un equipo
(desde cero), generar cohesión, crear, construir y contribuir al crecimiento de otros.

Construir. Siempre construir.

Aprender. He aprendido mucho.

 

 

La renuncia, el vértigo y la calma

Renunciaba en periodo de lactancia. Era un suicidio “profesional” porque, siendo honestos,
era muy difícil que alguien me contratara por seis horas al día. Renunciaba sabiendo que,
también, renunciaba a mi permiso si quería trabajar para otros. Vértigo.

Renunciaba a mi independencia económica. Trabajo desde que terminé la carrera, allá por
el 2007. Soy consciente de mi posición privilegiada porque muchos trabajan desde los 18 y,
lamentablemente, otros, desde mucho antes. Y soy una privilegiada porque, aunque ha sido la decisión más difícil de mi vida y una de las experiencias más duras, tenía la posibilidad de hacerlo. Para muchos, no es una opción. Vértigo.

Renunciaba a mi vida profesional con la que soy feliz. Me va la “marcha” y necesito la
adrenalina que te da un cargo de gestión. Vértigo. Aunque para muchos, renunciar no es
más que dejar de trabajar y, si eres madre, parecería ser la mejor opción, es importante
comprender que no todas las madres somos iguales ni queremos lo mismo.

Respeto profundamente y admiro infinitamente a las que son madres al 100% porque así lo
han decidido (olé, olé y olé). Decidido. En mi caso, siempre pensé en poder compaginar mi
faceta como profesional y como madre porque el trabajo para mí representa muchas cosas.
Lo necesito. Vibro.

Durante cinco años busqué ser mamá. Fue un viaje largo, con muchas cuestas y grandes
lomas. Y, hace 11 meses, llegó Ella.

Renunciaba, sí, lo hacía, pero, al mismo tiempo, me liberaba y, en medio, de ese miedo
que, hasta hoy me acompaña, hay un halo de calma. Esa calma profunda que siento al
pensar que, aunque toca empezar de cero y el camino sea largo e incierto, podré siempre
mirar a mi hija a los ojos y decirle: “quiérete”. Y saber que podré decirle “quiérete”, desde el ejemplo, da una calma infinita, de esas que vence el vértigo. Calma, calma, calma.

Hoy, emprendo y el vértigo, y la calma me acompañan. Vértigo y calma.

 

VÉRTIGO Y CALMA 2

 

Escrito por: Irene Ancín Adell.

 

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