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Las múltiples opciones para jugar todo el tiempo están creando un problema a largo plazo en los adolescentes.

Los videojuegos han pasado de ser una alternativa de diversión y distracción a una actividad central en la vida de muchos niños y adolescentes. Cada vez es mayor la cantidad de tiempo que a diario estos pasan frente a una pantalla (celular, tableta, consolas de videojuego…) absorbidos en juegos online.

Un cambio en las dinámicas

Muchos jóvenes hoy en día muestran comportamientos que parecen propios de una adicción, tales como la necesidad de un tiempo de juego cada vez mayor; incurrir en conductas riesgosas (esconder el tiempo real que ha jugado, robar dinero para gastar en esto, mentir); actitudes como furia y descontrol cuando los padres intentan limitarles el acceso, lo que puede ocasionar un daño profundo en las relaciones familiares y la vida académica.

Este tipo de conductas se deben en parte al hecho de que la tecnología y los juegos actuales están diseñados para ser irresistibles al joven consumidor. Brindan una conexión ilimitada (jugar online con amigos u otras personas alrededor del mundo) y, una gran satisfacción al superar a los demás en competencia generando una descarga de dopamina.

Varios estudios neurológicos han demostrado que los videojuegos liberan este neurotransmisor relacionado con la sensación de gratificación, en cantidades tan altas que los jóvenes pueden llegar a presentar dificultades para obtener gratificaciones o satisfacciones en la vida fuera del juego puesto que sus actividades cotidianas no le producen las descargas de dopamina equivalentes.

Buscar otras opciones

La idea no es desacreditar a la tecnología o videojuegos, sino crear consciencia sobre los posibles riesgos para los jóvenes al no establecer límites en su consumo. El peligro comienza cuando estos desplazan otro tipo de ocupaciones como la actividad física, la exploración activa y personal del entorno o la interacción social cara a cara, elementos centrales para el desarrollo sano del niño y adolescente.

Las estrategias para los padres pasan entonces no sólo por limitar el tiempo que permiten a sus hijos jugar online, sino también por proponer y estimular actividades alternativas. Por ejemplo, que el tiempo de juego permitido sea igual al tiempo de ejercicio o de lectura realizado durante el día, que existan espacios regulares para juegos de mesa entre la familia, o que el tiempo de videojuego sea obtenido luego de cumplir con las tareas del hogar asignadas.

Es importante discutir y establecer desde el principio estas propuestas, ya que es mucho más difícil instaurarlas una vez que ya se han formado ciertos hábitos de juego poco sanos. Recordemos que establecer límites en la crianza es parte de amar a nuestros hijos.

Recomendaciones de la Academia Americana de Pediatría (APA) sobre la exposición a la tecnología:

  • Niños menores de 18 meses deberían evitar la exposición de pantallas. El chat por video puede ser una opción en caso de ser necesario.
  • Padres de niños entre 18 y 24 meses que quieran introducir tecnología deben escoger la programación y mirarla con sus hijos para ayudarles a entender qué es lo que están viendo.
  • Para niños entre los 2 y 5 años, el límite de uso de pantallas debería ser de 1 hora al día y de igual manera acompañado de un adulto que le explique qué ve y cómo aplicarlo al mundo en que vive. Y a partir de los 6 años asegurarse que esta no afecte los patrones de sueño, actividad física o su salud emocional y física.
  • Designar tiempos libre de tecnología, como la cena, al acostarse a dormir; y así mismo tener en el hogar espacios “sin tecnología”.

 

Por Javier Martínez R.
Psicoterapeuta de adolescentes
Centro Klubo.

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