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A veces dudamos, equivocadamente, de hablar de la Cruz a los niños por temor a impresionarlos y a dar la imagen de que la fe exalta el dolor.

Muchas veces dudamos de hablar de la Cruz a los niños pequeños por temor a impresionarlos y a darles una imagen de que la fe cristiana exalta el dolor. En ella misma, la cruz no tiene nada de amable: es el instrumento de un suplicio particularmente cruel y es comprensible la rebeldía de los que la miran sin conocer su significado.

Si Jesús era un martirizado entre otros, si Él no hubiera sido más que un hombre condenado a muerte injustamente, entonces, efectivamente, el hecho de colocar cruces en los muros de nuestras casas, y de nuestras iglesias, sería mostrar un masoquismo malsano. Pero Jesús no es un hombre como los otros, y si Él padeció la Crucifixión, no es porque Él no lo pudiera evitar. Hijo de Dios, y Dios Él mismo, ofreció su vida por amor a nosotros.

Él habría podido reducir a la nada a aquellos que lo iban a matar, pero Él eligió, libremente, no hacerlo, con el fin de salvarlos, de salvarnos. Por esto es importante, sobre todo en Viernes Santo, hablar de ello con los niños.

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No entretenerse con detalles macabros, sino anunciar el amor del Señor

La Cruz es impresionante, es cierto. Los niños más emotivos pueden ser profundamente marcados por el realismo de algunos crucifijos o por imágenes que muestran a Jesús cubierto de sangre, agotado y dolorido.

No usemos este género de representaciones con el pretexto de explicar hasta qué punto Jesús nos amó. Corremos el peligro de impresionarlos únicamente por el horror de los tormentos infligidos a Jesús y de aterrorizarlos. Es por esto que, para evitarlo, muchos padres y catequistas sienten la tentación de hablar lo menos posible de la Pasión y de la crucifixión a los pequeños, pasando rápidamente por el Viernes Santo para ir directamente a la alegría de la Pascua.

Hablar de la Cruz a los pequeños

Pero la Cruz no es un elemento accesorio de nuestra fe. Es un misterio central. “Nosotros anunciamos un Mesías crucificado”, como recuerda San Pablo, en 1Co 1, 23. Dicho de otra manera: nosotros anunciamos la venida de Jesús para revelarnos la infinita misericordia de Dios. Hablar de la Cruz no es recrearse en precisiones macabras, sino anunciar el amor del Señor para cada uno de nosotros. Él, El Hijo de Dios, el Todopoderoso, se hace pobre e impotente entre nosotros, para entregar su vida por amor. Y la Cruz es el signo tangible de este amor.

 

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Apoyarse en el Evangelio

Para ayudar a los niños a comprender, no nos apoyemos en la descripción detallada de los suplicios de Jesús, sino ¡en la Palabra de Dios! No son nuestras palabras las que les harán entrar en el misterio de la Cruz, es el mismo Espíritu Santo, a través de nuestras palabras.

El Señor necesita de nosotros para darse a conocer a nuestros niños, pero somos llamados como San Pablo a proclamar el Evangelio “sin alardes de sabiduría, para no quitar valor a la muerte de Cristo en la cruz” (1 Co 1, 17). “Yo, hermanos, cuando fui a hablaros del misterio de Dios no lo hice con palabras cultas y elevadas. Entre vosotros no quise saber de otra cosa que de Jesucristo y, más exactamente, de Jesucristo crucificado”, escribe el Apóstol (1 Co 2, 1-2.)

Partamos del propio texto del Evangelio. Por ejemplo, cada noche de esta semana, en el momento de la oración en familia, releamos un pasaje de la Pasión. Los más jóvenes no lo escucharán todo, tal vez, ni comprenderán todo (nosotros tampoco), pero la Palabra de Dios hará su camino en ellos.

Aquello que se esconde a los sabios y a los eruditos se revela a los más pequeños, no lo olvidemos. Podemos enseñarles un crucifijo, que pondremos para honrar el Viernes Santo, por ejemplo, en el rincón de las oraciones. Lo importante es vivir esto en un ambiente de paz, de amor y de contemplación, no solamente en el momento de la oración, sino durante toda la Semana Santa.

La Cruz no puede ser separada de la Resurrección

Incluso si insistimos más en la Cruz el Viernes Santo y en la Resurrección el domingo de Pascua, cada uno de los dos acontecimientos es indisociable del otro. Por lo cual es bueno, sobre todo con niños pequeños para quienes tres días representan una eternidad, acabar el viacrucis (si lo estamos haciendo), o la plegaria familiar del Viernes santo, con el anuncio de la Resurrección, y de las fiestas pascuales que van a venir.

Recíprocamente, si silenciamos la Pasión de Jesús, ¿qué podremos decir de la Resurrección? Nos arriesgamos a reducirla a una renovación de la vida, como la de la primavera tras el invierno. Queriendo hacer las cosas más accesibles a los niños, las traicionamos.

 

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Fuente: Edifa, vía Aleteia.

 

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