Las personas realmente inteligentes son capaces de admitir que no tienen razón. ¿Por qué iba a ser eso un signo de sabiduría?
Empecemos con una observación que a primera vista puede parecer descortés: una persona que tiene una respuesta inmediata para cada pregunta rara vez es la más inteligente del grupo. Por lo general, es la persona más segura de sí misma —y confundimos estas dos cosas con una regularidad sorprendente. ¿Qué hay de aquellos que cometen errores?
Los científicos llevan mucho tiempo buscando indicios que permitan identificar rápidamente a las personas con una gran inteligencia. Uno de esos indicios ya se describió a finales del siglo pasado y, curiosamente, no tiene nada que ver con la rapidez a la hora de sacar conclusiones.
Pensamiento activamente abierto
En un estudio pionero de 1997, publicado en la revista «Journal of Educational Psychology», Keith Stanovich y Richard West demostraron que una inteligencia elevada está relacionada con una disposición que denominaron «pensamiento activamente abierto». Consiste en la búsqueda consciente de información que ponga en tela de juicio las propias creencias, con el fin de revisar las conclusiones propias en caso necesario.
Durante las tres décadas siguientes, esta relación se investigó de diversas maneras, confirmando una y otra vez la conclusión inicial —con tal consistencia que un extenso estudio publicado recientemente en el «Journal of Intelligence», una de las revistas más prestigiosas de esta disciplina, la consideró duradera: sigue siendo una de las relaciones mejor documentadas entre la actitud y la inteligencia medible.
El amor por el conocimiento desarrolla la inteligencia
El pensamiento activamente abierto describe hasta qué punto alguien suele confrontar sus creencias con nueva información. Hasta qué punto es capaz de admitir —no de boca, sino de verdad— que puede estar equivocado. Es sencillo en teoría; en la práctica resulta ser una de las cosas más difíciles que uno puede exigirse a sí mismo.
Normalmente, cuando sabemos algo y nos parece que es cierto, buscamos información que confirme nuestras creencias. Así es más sencillo: tenemos razón y punto. Sin embargo, si en lugar de eso buscamos activamente hechos que lo contradigan, ejercitamos la flexibilidad mental —y, de paso, todo el cerebro—.
Los estudios lo confirman: este hábito da sus frutos —no solo es una muestra de inteligencia, sino que también la desarrolla—. A pesar de ello, no es fácil inculcárselo a uno mismo, porque el esfuerzo intelectual simplemente agota a muchas personas.
¿Para qué complicarse la vida?
Aquí nos ayuda una actitud que Martin Seligman, en su libro «La auténtica felicidad», denomina «amor por el aprendizaje», y que otros investigadores denominan «alta necesidad de conocimiento». Se trata de disfrutar del esfuerzo intelectual. En las personas con una alta necesidad de conocimiento, un contraargumento acertado no provoca una reacción defensiva, sino precisamente interés.
Aquí se revela algo que, a primera vista, parece una paradoja. Los científicos descubren una y otra vez que las personas que se describen a sí mismas como indecisas —que cambian de opinión— suelen ser las mentes más perspicaces del grupo. Su incertidumbre es una señal de que su aparato cognitivo funciona correctamente: analizan constantemente.
Conversaciones abiertas
A este tipo de personas les gusta hablar con gente ajena a su propia burbuja informativa: personas que ejercen otras profesiones, con una visión del mundo y unas experiencias diferentes. Gracias a ello, son capaces de decir: «Me equivocaba; la nueva información demuestra que las cosas son diferentes de lo que pensaba».
Por supuesto, para que ese cambio sea constructivo, debe basarse en la capacidad de distinguir los hechos de las opiniones y de reconocer los sofismas y la manipulación. No se trata de alguien que cambia de opinión con cada cambio de tendencia de la opinión pública, sino de una persona que lo hace tras reflexionar detenidamente sobre los hechos recién descubiertos y los argumentos auténticos.
¿Cómo desarrollar una apertura intelectual activa?
La conclusión más importante de todo este corpus científico es, al mismo tiempo, la más alentadora: el pensamiento activamente abierto no es una cualidad innata. Se puede desarrollar en uno mismo.
Se construye mediante una búsqueda repetida y consciente de información que cuestione nuestras ideas sobre un tema determinado. Se refuerza cada vez que, en lugar de preguntarnos «¿Cómo puedo defender esto?», nos preguntamos «¿Qué es lo que no estoy viendo aquí?».
Y aunque no se trata de la inestabilidad de una bandera al viento, este hábito ayuda a corregir nuestro juicio allí donde pudiéramos habernos equivocado. En beneficio nuestro —y de la Verdad, que ningún malabarismo intelectual podrá poner en duda—.
Por Bogna Białecka-Aleteia
Foto magnific.com








