En una sociedad que exalta la autosuficiencia, la necesidad de comunidad nos recuerda que vivir en relación también es parte de nuestra naturaleza
¿Qué tan buena la idea de ser autosuficientes?
Constantemente se nos repite que podemos hacerlo todo solos. Basta con mirar algunas películas, series o libros para encontrarnos con el mismo personaje: alguien que vive por su cuenta, no necesita a nadie y está dispuesto a descubrir el mundo sin ataduras.
La idea puede sonar atractiva. Tener independencia, tomar nuestras propias decisiones y no depender de los demás puede parecer una señal de éxito. Pero, cuando esta forma de pensar se convierte en una manera de vivir, surge una pregunta que cada vez parece más difícil de ignorar: ¿dónde quedaron los papás?, ¿qué pasó con los amigos del colegio?, ¿con esas personas que alguna vez formaron parte de nuestra vida?
Porque detrás de la promesa de poder hacerlo todo solos también puede esconderse una realidad menos atractiva: la soledad.
Vivimos una epidemia de soledad
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que 1 de cada 6 personas en el mundo experimenta soledad. El problema es todavía más frecuente entre los adolescentes y adultos jóvenes, así como en los países de ingresos bajos.
Pero la soledad no es únicamente una sensación incómoda o un estado emocional pasajero. Sus consecuencias pueden afectar la salud física y mental. De acuerdo con la OMS, la soledad está relacionada con más de 871 mil muertes al año, unas 100 cada hora, además de un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares, depresión, ansiedad y muerte prematura.
Esto nos obliga a mirar de otra manera algo que quizá hemos aprendido a considerar normal: vivir desconectados de los demás.
Los datos del Pew Research Center apuntan en una dirección similar. En Estados Unidos, los adultos menores de 50 años, las personas con menores ingresos, quienes tienen menor nivel educativo y quienes no están casados se encuentran entre los grupos que con mayor frecuencia dicen sentirse solos o aislados.
No se trata de decir que estar solo sea siempre malo, ni que una persona necesite estar rodeada de gente en todo momento. Hay momentos de silencio, independencia y soledad que son necesarios. El problema aparece cuando comenzamos a creer que no necesitar a nadie es el ideal al que deberíamos aspirar.
Necesitamos a los demás
¿Por qué esta idea de ser completamente independientes puede terminar haciéndonos daño?
“La persona humana necesita la vida social. Esta no constituye para ella algo sobreañadido sino una exigencia de su naturaleza. Por el intercambio con otros, la reciprocidad de servicios y el diálogo con sus hermanos, el hombre desarrolla sus capacidades; así responde a su vocación.” (CCC, 1879)
La evidencia científica parece confirmar, desde otro ámbito, algo que la Iglesia ha señalado desde hace siglos: no fuimos hechos para vivir desconectados.
La OMS incluso señala que los seres humanos somos sociales por naturaleza y que, a lo largo de la historia, hemos sobrevivido y prosperado gracias a nuestra capacidad de trabajar juntos. La conexión con los demás no solo influye en nuestra salud, sino también en nuestra capacidad para desarrollarnos en la escuela, el trabajo y nuestras comunidades.
Por eso, quizá el problema no está en querer ser independientes, sino en haber convertido la autosuficiencia en un ideal.
Necesitar a alguien no nos hace menos valiosos. Pedir ayuda no significa haber fracasado. Tener amigos, recurrir a nuestra familia, pertenecer a una comunidad o compartir nuestra vida con otros no son obstáculos para alcanzar nuestro potencial. Son parte de lo que significa ser humanos.
Una sola alma y un solo corazón
San Agustín lo expresa en su Regla:
“Ante todo, ya que para este fin os habéis congregado en uno, vivid en la casa unánimes y tened una sola alma y un solo corazón orientados hacia Dios.”
Él escribió estas palabras pensando en la comunidad de quienes vivirían bajo su regla. Sin embargo, detrás de ellas encontramos una realidad que va mucho más allá de la vida religiosa: la necesidad humana de vivir en comunión con los demás.
Fuimos creados para encontrarnos con otros, para recibir y dar, para acompañar y ser acompañados. Y, desde la mirada cristiana, es precisamente a través de ese encuentro con los demás que también aprendemos a dirigir nuestro corazón hacia Dios.








