Conocer el temperamento para amar mejor

Muchas tensiones cotidianas —en la pareja, con los hijos, incluso en la vida interior—no provienen de “grandes problemas” sino de reacciones que generan disgusto: el mismo tono al hablar, el mismo silencio, el mismo arrebato, la misma falta de puntualidad. 

Cuando el problema no es “lo que pasa”, sino cómo reaccionamos 

En la vida familiar, los desencuentros rara vez aparecen de la nada. Se van enquistando y sedimentando: una persona interpreta una frase como ataque, otra como simple precisión; alguien necesita hablarlo todo de inmediato, otro necesita tiempo; uno se motiva con el reto, otro se apaga ante la presión. Ante la aparente falta de empatía del otro, van surgiendo las discordias. Ante esto, es fácil tratar solo el síntoma —el enfado, la huida, el desánimo—, pero lo realmente importante es tratar de comprender la dinámica del otro.

Aquí es donde el conocimiento de los diferentes temperamentos resulta útil porque modifica la pregunta, que pasa de ser “¿qué ha hecho el otro?”, a “¿qué patrón de reacción se ha activado en mí y en el otro?”. La idea es sencilla y práctica: hay que observar cómo respondemos a distintos estímulos como una crítica, una contrariedad, una decisión pendiente o una petición. Con qué rapidez, intensidad y duración reaccionamos.

Este cambio de perspectiva no elimina la libertad ni borra la responsabilidad de nuestros actos. De hecho, «nuestro temperamento nunca ha de suponer una excusa para comportarnos mal». El objetivo es comprender al otro y a nosotros mismos, entender nuestros respectivos temperamentos para evitar conflictos.

Temperamento, personalidad y carácter: un triángulo necesario

Un riesgo habitual al hablar de temperamentos es convertirlos en identidad  “yo soy así”. Sin embargo, «el temperamento no es lo mismo que la personalidad». El temperamento se presenta como una predisposición innata, mientras que la personalidad engloba nuestra historia, nuestras decisiones, el ambiente y la vida espiritual. El carácter, por su parte, se forja: hábitos adquiridos, educación y entrenamiento de virtudes.

Esta distinción tiene consecuencias morales y educativas. Si el temperamento fuera nuestro destino, la corrección y el crecimiento serían inútiles. Si el temperamento no existiera, muchas fricciones se leerían como mala voluntad. La tesis intermedia es más realista: hay tendencias que no elegimos, pero sí podemos aprender a actuar contra ellas. Se puede “formar” el temperamento, aunque no “destruirlo”. Se puede conocer el temperamento innato de cada uno para no sorprendernos de nosotros mismos y acertar con las luchas; para entender nuestras reacciones sin elaborar un diagnóstico terminal.

Los cuatro temperamentos como “tipos ideales” y sus sombras típicas:

Desde la filosofía clásica hasta la psicología moderna, los temperamentos se han dividido en cuatro tipos, cada uno con sus propias fortalezas y debilidades. Cada persona nace con una combinación a la que tiende, pero no la determina. La persona es libre para decidir, mejorar y trabajarse. 

  • Colérico
    • Reacciones rápidas, intensas y duraderas; orientado a metas, liderazgo, pragmatismo, enérgico, entusiasta, confiado.
    • Riesgos: ira, orgullo, insensibilidad, activismo, abuso de autoridad, impulsivo.
  • Melancólico:
    • Reacciones lentas, pero que acaba siendo intensas y duraderas; idealismo, orden, profundidad, paciencia, independencia.
    • Riesgos: crítica, perfeccionismo, desánimo, obsesión, soledad
  • Sanguíneo:
    • Reacciones rápidas e intensas ante los estímulos, pero pasajeras; sociable, optimista, creativo, emprendedor, detallista.
    • Riesgos: superficialidad, inconstancia, impulsividad.
  • Flemático:
    • Reacciones lentas, pasajeras y poco intensas; pacífico, constante, buen oyente, responsable.
    • Riesgos: pasividad, evitación del conflicto, pereza.

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Comunicación en el matrimonio: el error de motivar al otro “como me motivo yo”

En las parejas, el temperamento se vuelve especialmente visible porque el vínculo es estrecho y diario. Una fuente recurrente de conflicto es intentar cambiar al otro y que reaccione como uno quiere y tratar de demostrarle afecto como a mi me gusta.

Sin embargo, hay que aprender a cuidar el bienestar emocional del otro con gestos concretos (aprecio explícito, empatía, negociación, motivación adaptada). «La clave está en lo que san Juan Pablo II llamó el don de sí mismo». No se trata sólo de expresar lo que uno necesita, sino de entrenarse en lo que el otro necesita para poder dar lo mejor. Si el otro reacciona lento, no se le puede pedir que trate de expresar sus sentimientos al momento.

Crianza sin “talla única”: leer el temperamento del hijo

En educación, el temperamento funciona como recordatorio contra la proyección: corregimos como nos corregirían a nosotros, motivamos como nos motivan a nosotros, exigimos lo que a nosotros nos resultó natural.

Sin embargo, cada temperamento tiene unas necesidades y unos riesgos concretos: el hijo colérico puede tender a la terquedad; el melancólico a heridas profundas y posible escrúpulo; el sanguíneo a distracción y necesidad de estructura amable; el flemático a invisibilidad y falta de iniciativa.

No se trata de permitirles todo envase al temperamento, ni de dejar de corregir o exigir, sino en reconocerle tal y como es, ayudarle a comprenderse y poner las luchas donde haya que ponerlas. Cada temperamento tiene sus modos: desafío y prudencia para coléricos; pasos pequeños y confianza para melancólicos; estructura y recompensas intermedias para sanguíneos; apoyo constante y metas graduales para flemáticos.

Fuente Hacer Familia
Foto www.magnific.com