El primer paso no necesita ser perfecto: sólo necesita que te atrevas a darlo
Ahí está la guitarra, encima del clóset, con dos cuerdas ya rotas de viejas. Al lado, el libro que abriste en enero y que sigue con el separador en la página treinta y cuatro. Y en el celular, esa aplicación de idiomas que hace meses dejó de mandarte notificaciones porque hasta ella se dio por vencida.
Proyectos que empezamos con un entusiasmo enorme y que hoy juntan polvo. Cursos pagados y abandonados a medias. Cuadernos de diarios con las primeras cinco páginas escritas y ochenta en blanco. Es verdad, y negarlo sería mentir. Yo también tengo un cajón lleno de esas cosas, y te aseguro que no es pequeño.
Pero hoy quiero pedirte algo: abre el otro cajón.
Lo que sí terminaste
Porque también terminaste cosas. ¡Y muchas!
Terminaste una carrera, o un oficio que hoy te da de comer. Aprendiste a manejar. Sacaste adelante un embarazo, un tratamiento, una mudanza, un año horrible. Sostuviste una amistad durante veinte años sin que nadie te aplaudiera por eso.
Todo lo que hoy eres está hecho de cosas que sí terminaste. ¡Y ésas también son tuyas!
El problema es que la memoria es tramposa: recuerda con lujo de detalle la guitarra abandonada y se olvida por completo de las mil batallas que sí ganaste. No dejemos que un puñado de proyectos muertos escriba la historia de nuestra vida.
«Igual voy a tener cincuenta y seis»
Un señor estudió una carrera que nunca acabó de llenarlo. Se quedó siempre con la espinita de estudiar otra, pero sus trabajos no le daban tregua: siempre había algo urgente, siempre algo pendiente.
Cuando por fin dejó aquellos cargos y le sobró un poco de tiempo, se le fue la fuerza por otro lado. Se lo confesó a un amigo:
– Ahora que por fin tengo tiempo, ya estoy demasiado viejo. Si empiezo la carrera, voy a terminarla a los cincuenta y seis.
– ¿Y si no la estudias qué pasará en esa fecha?
– Pues… igual voy a tener cincuenta y seis.
Gracias a Dios, se inscribió.
El perfeccionismo es el enemigo de lo real
Creo que casi nunca dejamos de empezar porque no queramos. Dejamos de empezar porque nos imaginamos el final y nos da miedo no llegar.
«Para qué me meto a clases de piano si nunca voy a tocar bien.» «Para qué empiezo a correr si jamás voy a acabar un maratón.» «Para qué escribo si no soy escritor.»
Y así, esperando el momento perfecto, la energía perfecta, la certeza perfecta, se nos van los años. Ya lo decía la Escritura con una imagen del campo: «quien observa el viento, no siembra; quien mira las nubes, no siega» (Qo 11,4).
El perfeccionismo te vende una versión de ti que no existe y te cobra la que sí.
Porque una bicicleta detenida se cae. En movimiento, se sostiene sola. Y con casi todo en la vida pasa igual: el equilibrio no llega antes de arrancar, llega arrancando.
Discernir no es postergar
Atención, no te estoy diciendo que te lances a lo loco. Hay que pensar las cosas, rezarlas, medir el tiempo y el dinero que tienes, hablarlo con quien te quiere bien. Eso se llama discernir, y es sano.
Pero hay moemntos en que el discernimiento se puede disfrazar y se convierte en pretexto. Cuando llevas tres años «rezándolo», ya no estás discerniendo. Estás escondiéndote.
La diferencia es simple. El que discierne busca claridad para decidir. El que posterga busca una excusa para no decidir. Eso, el miedo nunca te lo va a confesar.
Pedro salió de la barca
En medio de la tormenta, Pedro le pide al Señor caminar hacia Él sobre el agua. Y sale de la barca. Da unos pasos, siente el viento, se asusta y empieza a hundirse. Pero Jesús le extiende la mano de inmediato (cfr. Mt 14,29-31).
Sí, se hundió. Pero fue el único de los doce que caminó sobre el agua. ¡El único que salió de la barca!
Los otros once se quedaron secos. Y a salvo. Y sin historia que contar.
Tu proyecto quizá no salga como lo soñaste. Tal vez toques el piano regular toda tu vida y nunca llenes un auditorio. ¿Y qué? ¡Habrás tocado!
Empieza hoy
Elige eso que llevas años queriendo. El idioma, el instrumento, el libro, la carrera, la reconciliación pendiente. Y hazlo hoy, chiquito, imperfecto: una lección de diez minutos, un correo pidiendo informes, la primera página.
Y lánzate confiando, porque cuando se te acaben las fuerzas – y se te van a acabar – ahí está Aquel que las repone: «Todo lo puedo en Aquel que me fortalece» (Flp 4,13).
Baja hoy la guitarra del clóset. Aunque le falten cuerdas.








