Tener que hacer las cosas que tu ser querido haría por ti –o contigo– es la forma más tortuosa de duelo
Cada vez que volvemos a visitar un lugar sin alguien que formaba parte de él sentimos un nuevo tipo de duelo. Nos obliga a readaptarnos a esa escena, a encontrar nuevos significados, a permitirnos crear nuevas historias, porque las que teníamos ya no se repetirán. Hay un gran dolor en reconocerse ante unos recuerdos que ahora están incompletos. Es difícil asimilar la ausencia, e incluso nuestros propios sentimientos, ante esos lugares que antes estaban llenos de sentido y significado.
Una parte del duelo
Tener que hacer las cosas que tu ser querido haría por ti –o contigo– es la forma más tortuosa de duelo. Echas de menos cada caricia, cada maniobra, cada parte de esa rutina que era mucho mejor con la presencia de la persona que se ha ido. Volver a nuestros lugares sin el otro es darnos cuenta, físicamente, del vacío que arrastramos. El vacío del mundo sin la presencia del otro.
El significado que el otro siempre tuvo y el sentido que siempre puso en todas esas cosas que compartían y que validaban de alguna manera vuestra existencia. Es darse cuenta de lo mucho que la otra persona llenaba lugares distintos de la propia vida, y de que el paisaje siempre era más bello gracias a quien amabas.
Duele sin el otro
Al mismo tiempo, es por el otro por lo que seguimos intentando volver a visitar cada lugar de nuestras vidas, reubicando al otro en cada uno de ellos, dentro de ti. Con el tiempo, el dolor se convierte en añoranza. Se convierte en una deliciosa añoranza de un tiempo valioso que ya no volverá.Y, sin embargo, sobrevives. Aun así, te das cuenta de que la vida continúa.
Y, finalmente, te das cuenta de que la persona que ya no está se bajó del tren de la vida justo unas paradas antes que tú. Y entonces aprendes que tienes que continuar el viaje solo, con la esperanza de que, en la última parada, se volverán a encontrar.
Una mirada desde la tanatología
Cuando un ser querido deja de estar en nuestra vida y en nuestra rutina. Comienza el proceso de lo que los expertos en tanatología llaman «duelo«, ellos definen lo definen como la respuesta emocional, psicológica y física natural ante una pérdida significativa. Aunque comúnmente se asocia con la muerte de un ser querido, la tanatología lo aplica a cualquier ruptura de un vínculo importante: un divorcio, la pérdida de un empleo, una mudanza o el diagnóstico de una enfermedad crónica.
La palabra proviene del latín dolus (dolor). No es un estado estático, sino un proceso dinámico y activo. El objetivo del duelo no es «olvidar» a quien se fue, sino aprender a vivir en una nueva realidad donde esa persona o situación ya no está físicamente, resignificando el vínculo.
Las 5 etapas del duelo
La psiquiatra suizo-estadounidense Elisabeth Kübler-Ross, pionera de la tanatología moderna, describió en su libro de 1969 Sobre la muerte y los moribundos las famosas 5 etapas del duelo.
Nota importante de los expertos: Estas etapas no son lineales ni cronológicas. Una persona puede saltar de una a otra, regresar, o no experimentar todas. Son estados emocionales por los que se suele transitar.
Dentro de las etapas por las que pasa una persona que vive un duelo, se encuentra la negación, la ira, la negociación, la depresión y finalmente la aceptación. De modo que podamos ir a los lugares que frecuentábamos con nuestro ser querido que ya no esta y recuperar el ritmo de nuestras actividades.
El duelo no es un proceso que se realiza de la noche a la mañana, por lo que no es fácil regresar a las actividades o lugares al que iba nuestro ser querido. Sin embargo, se puede superar y volver a vivir en paz.
Fuente Aleteia
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