Separar artificialmente el sexo de la procreación ha cambiado la forma de entender el matrimonio, la fidelidad y la apertura a la vida.
La sociedad occidental sufre una profunda y evidente alteración moral. Las normas y los principios morales —que por siglos sustentaron e hicieron sólida y grande a nuestra civilización— han sido cuestionados, redefinidos y reemplazados por diversos y nocivos conceptos que han transformado nuestros usos y costumbres. Por ende, conductas que por siglos fueron ampliamente rechazadas por ser contrarias a la virtud —fornicación, adulterio, aborto, pornografía, homosexualidad, etc.— hoy no solo son toleradas, sino que son ampliamente aceptadas, por la mayoría de la sociedad; amén de ser promovidas y protegidas por la ley.
Sin embargo, este cambio tan drástico no ocurrió de manera espontánea. Diversas instituciones, numerosas corporaciones y gran parte de los medios de comunicación y de la industria del entretenimiento desempeñaron un papel decisivo en la difusión de las ideologías predominantes hoy en día. Mas, el fenómeno que hizo posible tan drástica transformación cultural fue la normalización de la anticoncepción. Pues ésta —al separar, artificialmente, la unión sexual de la procreación— alteró, radicalmente, la concepción de las relaciones sexuales y, por ende, del matrimonio. Además, la anticoncepción ha impactado negativamente a la sociedad: menoscabando la fidelidad conyugal, distorsionando la moral sexual, disminuyendo el respeto de los hombres hacia las mujeres y viceversa y, promoviendo la injerencia de los gobiernos en las familias.
Si por siglos, la secuencia predominante fue matrimonio, relaciones sexuales y, por lo general, el nacimiento de los hijos, en la actualidad la mayoría de las parejas mantienen relaciones sexuales antes o al margen del matrimonio. Ya que, al desvincularse de la procreación, el sexo —lejos de reconocerse como un apetito que debe ser dirigido por la razón— es considerado una necesidad que no reconoce más límite moral que el consenso de las partes involucradas. De ahí que, las relaciones prematrimoniales entre los novios y, aun el sexo casual se haya normalizado. Debido a ello, se tiene intimidad sexual tanto por afecto como por simple atracción, deseo o para “pasarla bien”. Pues la promiscuidad se fomenta en nombre del amor y, el desenfreno total se promueve en nombre de la libertad.
Nuestra sociedad ha desligado la sexualidad de la procreación a tal grado que, actualmente, son pocos los que creen que el buen uso de la sexualidad se limita al matrimonio. Y, aún entre los cónyuges, se ha infiltrado la mentalidad anticonceptiva que ve a los hijos, no como el fruto natural de la unión intima de un hombre y una mujer, sino como una opción. De ahí que, muchas parejas tengan que negociar las circunstancias, bajo las cuales se está dispuesto a “aceptar” tener hijos. Otras tantas, prefieren tener perros en lugar de hijos. Pues, los hijos se han dejado de considerar el bien mayor del matrimonio. Más aún, la mentalidad anticonceptiva ve a la fertilidad como un problema de salud que debe ser limitado, cuando no eliminado. Así, la anticoncepción añade una condición al acto conyugal: que la mujer no quede embarazada. En consecuencia, cuando el método anticonceptivo falla, el hijo que debería ser visto como un don, se califica de “no deseado” lo cual, abre la puerta al aborto.
La separación del acto sexual de la procreación ha difundido, rápidamente, en la sociedad: el divorcio, la cohabitación, el sexo casual, el aborto, la pornografía y, hasta la homosexualidad. Esta última, en especial, se ha visto favorecida por generaciones de heterosexuales —que, al rechazar la fertilidad y practicar una intimidad sexual “recreacional”— han facilitado la normalización de las uniones homosexuales. Pues ambas relaciones son estériles: la homosexual por ser una unión contraria a la naturaleza y, la heterosexual por bloquear, artificialmente, la naturaleza procreativa del acto. Pues, como señaló C.S. Lewis, el anticonceptivo “separa los placeres de las consecuencias y condiciones que les impone la naturaleza” a fin de que una pareja “pueda entregarse a Venus sin temer a ningún bastardo impertinente”.
La anticoncepción —al desvincular deliberadamente las relaciones íntimas de la procreación y, por ende, del matrimonio— ha redefinido tanto el origen como el propósito de éste. Hemos olvidado que, como señalase Pío XI, “la razón principal de las nupcias fue establecida por Dios desde el principio: «Creced y multiplicaos». Pues “el matrimonio no fue instituido ni restaurado por obra de los hombres, sino por el mismo Dios, autor de la naturaleza, y de Cristo Señor, Redentor de ésta. Por ello, “sus leyes no pueden estar sujetas al arbitrio de ningún hombre, ni siquiera al acuerdo contrario de los mismos cónyuges”. Ya que, “por obra del matrimonio, se juntan y se funden las almas aun antes y más estrechamente que los cuerpos, y esto no con un afecto pasajero de los sentidos o del espíritu, sino con una determinación firme y deliberada de las voluntades; y de esta unión de las almas surge, porque así Dios lo ha establecido, un vínculo sagrado e inviolable”.
Las relaciones sexuales entre un hombre y una mujer tienen un lugar, el matrimonio, y un objetivo, la procreación de los hijos y la intimidad de los esposos. Toda conducta contraria acaba hiriendo gravemente a los involucrados y va directamente en contra de los designios de Dios, quien elevó a sacramento la institución natural del matrimonio.
La anticoncepción es el gran enemigo de la plenitud y belleza de la vida matrimonial. Pues, al separar el sexo de la procreación se promueve el egoísmo y se merma gravemente la capacidad de amar de los esposos. Bien advirtió Chesterton: “Este triángulo de verdades evidentes —padre, madre e hijo— no puede ser destruidos; solo puede destruir a aquellas civilizaciones que lo ignoran”.
Es cierto que las exigencias del verdadero amor conyugal son difíciles y desafiantes. Pero, a través del sacramento, Cristo da las gracias necesarias a los cónyuges para amarse, mutuamente, en Dios y por Dios y así, ayudarse a alcanzar la vida eterna. Parafraseando a Dietrich von Hildebrand, el matrimonio es la más noble y la más íntima comunidad de amor, de ese amor mutuo que hace que los esposos emprendan juntos, el viaje que los lleve a alcanzar el cielo.








