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Es fundamental que reconozcamos la realidad, aceptemos nuestros fallos y sobre todo entender que solo por la gracia de Dios podemos seguir adelante.

Te quiero pedir perdón, Dios mío. Mi corazón se llena de odio con facilidad en estos días. Veo tanta maldad, tanta insolencia de la mentira, la soberbia tantas veces reflejada en tantos rostros humanos, que a mis pulmones les cuesta respirar y a mi corazón latir.

La sensación de guerra perdida, de vivir entre las ruinas de lo que un día fue un hogar, de estar en una tierra muerta en la que solo crece hierba mala, me agobia, me pesa, me amarga. Y no tiene fin.

Antes uno podía ingenuamente pensar que era su país el problema y que en algún otro lugar del mundo las cosas estarían mejor. Hoy ni siquiera podemos escondernos detrás de esa ilusión.

Veo ese rostro abotagado, surcado por arrugas grasosas, el hocico grueso y la barbilla durmiendo sobre una papada que parece rellena de mierda, esos ojos achinados de haber engordado con malos alimentos, esa mata de pelo aceitoso y ese gesto, esa sonrisa socarrona, inconfundible signo de desprecio, de años de haberlo recibido muy íntimamente y estar hoy cobrando revancha, y hago memoria, lo he visto antes me digo, hasta que aparece el cuadro del Bosco que ilustra este post. Es la suma de todos los rostros que te rodean, Jesusito mío.

 

 

La certeza

Me asalta la certeza de que no es ese hombre en particular, no, en realidad no es el rostro de alguien, ni persona, ni humano, es la proyección de algo impersonal, la decadencia con solemnidad de baratija que diría el gran GK, los siete vicios de siempre concentrados en un instante, contaminando el aire al compas de esa voz olvidable, ese timbre entre nasal y sucio, esa jerga de pampón, de celda, de falta absoluta de inteligencia unida a esa astucia burda y carente de humanidad propia de los delincuentes, los estafadores, los mentirosos ancestrales, los cobardes de siempre, los abusivos, los tiranos.

Y veo asomar las orejas del lobo. Lo veo detrás de sus esclavos, de sus títeres, de esos hombres que ostentan cargos de autoridad sin tenerla, esa caterva deforme que invade el mundo académico, la Iglesia, la política, la economía, y toda actividad humana que por ellos se convierte en traición y esterilidad.

Te pido perdón

Y te pido perdón, Dios mío, porque me brotan ansias de muerte, de matarlos, de borrar a golpes de sus caras esos gestos de autosuficiencia; de sus mentes, esa manía de calcular todo desde la mezquindad y la pequeñez de espíritu; de su corazón, esa ceguera tan feroz.

Te pido perdón, fondo de mi alma y Buen Amigo, porque en tu mirada silenciosa está la Verdad. En ella me doy cuenta de que si lo hiciera, si permitiera que este corazón mío, cansado y furioso, realizara su cometido, sería exactamente como ellos, me convertiría en otro títere más, y el lobo sarnoso que nos acecha celebraría una víctima más.

 

 

Sus ojos

Me veo en tus ojos y algo más asoma todavía, ay, algo más, algo terrible: que no soy muy distinto de esas caricaturas de hombres, que estoy todo yo también infestado por sus mismo males, que soy yo también un despojo de dignidad y que por eso los odio tanto, porque reconozco el mismo mal en mí. Y me odio.

Miré al cielo, Dios mío y Señor mío, es entonces que una voz bajita, casi un hilo, un recuerdo, como una foto en sepia, como el murmullo de un arroyo lejano, es apenas percibido por mis oídos sordos, es de lejos visto por entre la bruma de mis lágrimas, una voz que dice: los jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia y yo aquí me muero de hambre.

Y, es entonces, Jesús de mi humanidad herida, que volviendo a respirar el jazmín de tus madrugadas, que latiendo mi corazón con la inmensa fuerza de la esperanza, digo a coro con tu Parábola: pequé contra el cielo y contra ti, no merezco llevar tu nombre.

 

 

Solo tu gracia

Yo sé que, como tantas otras veces, lo diré tartamudeando, tratando de que se entienda entre mis sollozos, tratando de articular las palabras que Tú ya conoces de sobra…

Estas palabras brotarán a raudales y hablarán de lla luz que Tú eres en mí, y alzando la voz en medio de esta tempestad de risas y llanto que es el gozo de saber que de Ti, Padre, Hijo y Dulce Aire de Familia divina, de Ti Trinidad Santa, solo recibiré un abrazo mudo, un apretón entrañable y eterno que será seguido de un banquete en mesas con mantel a cuadros, una de esas fiestas campesinas que se hacen bajo un árbol, una de esas tardes interminables que dejan el alma henchida de felicidad, grabada con las risas de los hijos, sus correteos, el ladrido del perro de la casa, el olor de la cocina, el fino sabor del hogar henchido de recuerdos de paseos, diplomas, angustias y certezas que son los hilos de tu Vida en mi vida.

Y, ocurre así, una vez más, una vez más que, sé muy bien, es mi esperanza de siempre. Ocurre así, como en los cuentos, que este mundo, triste y decadente, cargado de crímenes, muestra el otro lado de la alfombra, que las peores miserias y los abismos del mal son solo el escenario por donde los pobres, los que no tienen nada, los niños, los abandonados, los olvidados, vencen con una Fuerza que no es suya y que es invencible justamente por eso.

Es entonces que sé lo que es tu gracia, que tu Gracia eres Tú mismo, que si he vivido hasta hoy ha sido por ella, por Ti en mí, porque siempre estuviste ahí, aquí. Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo.

 

 

Escrito por: RONCUAZ.

 

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