Compartir:

En este tiempo en el que a lo malo le llaman bueno y a lo bueno lo ven como mala, es necesario que vivamos un matrimonio acorde a la voluntad de Dios.

Los seres humanos tenemos la capacidad de ser felices solteros o casados, siempre y cuando orientemos nuestra vocación al servicio del plan de Dios, para la que hemos sido creados y llamados a vivir en este mundo.

Lamentablemente debemos reconocer que la institución matrimonial se encuentra en uno de sus peores momentos y es muy triste ver la cantidad de divorcios, violencia y tragedias familiares que vivimos en nuestra sociedad por haber sacado a Dios de todas las etapas de nuestras relaciones de amor: enamoramiento, noviazgo y matrimonio.

Desde el inicio de la creación, Dios reservó al matrimonio como una unión bendecida, feliz y gratificante. Primero, Él creó al varón a Su imagen y semejanza: capaz de amar, crear y disponer del paraíso donde todos los deseos de su corazón podían ser satisfechos. Pero, la obra de Dios no estaba completa hasta que creó a la mujer para perfeccionar su gozo y que vivieran felices.

De igual manera, así como les dio todo para su bien también dispuso leyes que garantizarían su bienestar, siempre y cuando las obedecieran. Sin embargo, un acto de desobediencia trastocó todo, y el pecado entró en la grandiosa creación de Dios y continúa permaneciendo hasta la actualidad, destruyendo esta relación sagrada y quebrantando la armonía matrimonial.

Por lo tanto, para que un matrimonio crezca y se fortalezca los consortes deben amarse y respetarse de acuerdo a la voluntad de Dios. Para empezar, varón y mujer no deben casarse si no se aman verdaderamente. Muchas personas desconocen el significado de la palabra «amor».

 

 

El mundo nos aleja de Dios

Los malos ejemplos del mundo los han llevado a confundir «amor» con deseo. Parecen creer que el apetito sexual o el ansia de «obtener» satisfacción con otra persona del género opuesto, es amor y nada está más lejos de la verdad.

El amor verdadero implica dar. Es compartir objetivos de vida en común, los planes, las esperanzas, los sueños entre dos personas que anhelan forjar toda una vida conjunta hasta que la muerte los separe.

Por una parte, Dios diseñó y creó a la mujer para ser una compañera, una ayuda y una inspiración para el hombre. Para que le diera ánimo y que además dirigiera (no controlara) el hogar con una actitud de confianza y amor.

Por otro lado, el varón está diseñado para ser el representante directo de Dios en su hogar. Debe ser la enseñanza, la instrucción, la dirección y la inspiración de su esposa y sus hijos. Debe mostrar que es suficientemente hombre y suficientemente fuerte para someter sus apetitos y pasiones, debe ser ejemplo de dominio propio y amor a Dios. De esta manera guiará correctamente a sus hijos y ganará el respeto, la admiración y el amor de su esposa.

Por lo tanto, varón y mujer deben complementarse según el plan Divino para llevar adelante ese compromiso autentico aceptado por voluntad propia ante el altar de unir sus vidas para formar una familia y servirle a Dios través de este sacramento.

Debemos reconquistar el valor del matrimonio como autentico espacio de amor y de reconciliación, el mundo necesita de esos buenos ejemplos de amor verdadero, de matrimonios santos y felices donde la piedra fundamental donde se cimiente el hogar sea Dios.

 

 

Escrito por: Paula Avalos de Romero.

 

Compartir: