Compartir:

Tu relación de pareja puede ser muy buena o muy mala, todo dependerá de cómo la manejes en conjunto con quien amas.

El futuro nos ilusiona a todos, ¿a quién no? Pensar en una vida que viene, en los años que siguen, según el momento del ciclo vital, nos puede generar expectativa, y a veces ansiedad. Pero nos trae también una gran ilusión por las sorpresas que nos traerá Dios con los años que están por venir. Es por eso que debes aprender a vivir bien tu relación de pareja.

En algún momento del camino, cuando nuestro amor va madurando, nos planteamos la posibilidad de casarnos, de construir una familia, un futuro y, una vida juntos. Pero, ¿qué cosas debemos considerar para tomar nuestra relación en serio y mirar al matrimonio?

 

 

Vive bien tu relación de pareja

Aquí les queremos compartir algunos consejos:

Valoren el tiempo

Algo que hoy día nos pasa es que pareciera que no tenemos tiempo para nosotros. Tenemos tiempo para todos, menos para trabajar nuestra relación. Pensemos por un segundo: ¿cuánto tiempo invertimos estudiando? ¿Cuánto tiempo pasamos trabajando? ¿Cuánto tiempo perdemos en cosas secundarias?

El tiempo perdido es mucho. Sin embargo, pasan los días, las semanas, los años y no invertimos el tiempo necesario para hacer crecer el amor en nuestra relación. El tiempo que tenemos antes de casarnos es ideal para conocer al otro y poner los cimientos sobre los cuales se va a construir la vida matrimonial.

Es verdad que hay un futuro sobre el cual ponemos nuestras esperanzas y por el cual nos ilusionamos. Sin embargo, es en el presente —y solo en el presente— donde realmente podemos intervenir y construir lo que anhelamos para mañana.

Maduren la vocación y la relación

Entender lo que significa ser esposos, la vocación a conformar una familia, y así madurar la relación de pareja, toma tiempo. Es algo que hay que hacer sin angustiarnos, y con mucha paciencia, siendo conscientes de lo que hacemos.

Muchas veces queremos que nuestra relación dé un fruto determinado de paciencia, caridad, perdón, castidad, etcétera. Sin embargo, no nos tomamos el tiempo para sembrar buenas obras interiores y exteriores que conduzcan a esas virtudes.

La vocación se madura con oración y con la práctica diaria. Requiere que asimilemos en oración el llamado que Dios nos ha hecho cuando nos invitó a seguirlo en la vocación al matrimonio.

Pensemos bien, ¿entendemos qué significa ser una sola carne? ¿Tomamos consciencia a diario de aquello que vamos a prometer en nuestros votos matrimoniales? Es importante entender que no podemos pretender tener un matrimonio fuerte como un roble desde el inicio. Es en el acontecer diario, en el conocimiento del otro y en la práctica de las virtudes cristianas donde poco a poco va madurando la semilla del amor entre los esposos y se va aclarando el camino.

Todo este proceso de crecimiento y maduración es acompañado por Dios mismo, quien es Aquel que nos llama a seguirlo en esta vocación tan admirable. Por eso, es necesario abrir el corazón para escuchar en el silencio de nuestro interior el modo particular como Dios nos llama a ser esposos.

Vivan en la verdad

Un elemento fundamental será siempre que las acciones y decisiones que tomemos enfocados en el matrimonio conduzcan a expresar lo que nosotros somos realmente. Muchas veces nos hemos puesto máscaras en nuestra vida, o hemos asumido roles para sentirnos amados, aprobados, pertenecientes a un grupo.

Si queremos que el amor en el matrimonio madure y nos haga sentir plenos, es importante relacionarnos sin máscaras desde el noviazgo. Cuanto más pretendemos mostrar algo que no somos o pretendemos cambiarlo, más le ponemos máscaras a nuestra relación.

Es importante ver detrás de los acontecimientos diarios —de los miedos, los anhelos, las búsquedas del otro— una identidad, una persona que Dios ha querido llamar a la vida. Y es esa persona —con sus heridas, vicios y virtudes, con su historia y sueños más profundos— la que estoy invitado a amar.

Déjense acompañar

Es necesario dejarnos acompañar por alguien que nos dé las herramientas adecuadas para asumir este momento de la vida: un director espiritual, un psicólogo con apertura a la fe, un grupo eclesial, etcétera.

Esto es importante para que mi relación se pueda nutrir y poco a poco se vaya abriendo al nuevo momento de vida que vamos a vivir. El noviazgo es un camino para hacer sólido y real el amor que Dios nos llama a vivir.

En conclusión, el amor nos invitará siempre a una acción —exterior o interior— donde yo pueda irme abriendo a la experiencia de comunión con el otro. Y es necesario dejar que ese amor vaya madurando con los medios adecuados, acogiendo con consciencia los diferentes momentos que atravesamos en la relación. Así, cuando ese amor se haga concreto en el altar el día de nuestro matrimonio, tendrá la madurez y la solidez para sostenerse.

 

 

Escrito por: Isa & Gary, creadores de Volver a lo esencial, vía amafuerte.com

 

Compartir: