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Ya no lucho conmigo misma, ya no trato de superar a los demás sino de superarme a mí misma. Para mí es la mejor forma de seguirlo amando.

Mi esposo murió en un accidente. De pronto ya no estaba, pero se había quedado formando parte de mí.

Me di cuenta de eso con gran claridad cuando al darme una ducha recordé lo que solía decirme: “Adela, debemos darle gracias a Dios hasta por el agua que sale por la regadera cada mañana”.

Mi esposo, a pesar de nuestras muchas diferencias, me amaba con toda la paciencia y tolerancia de que era capaz. Le di muchos dolores de cabeza, pues mi personalidad y la de él contrastaban mucho.

Él era muy descomplicado, siempre encontraba atenuantes y compensaciones en los defectos de los demás, era rápido en poner la otra mejilla; yo en cambio, en mi relación con los demás y con él mismo, fácilmente veía moros con tranchete, siempre con malas disposiciones a perdonar y comprender en lo que consideraba agravios a pasar factura.

Éramos el resentimiento y la gratitud hechas personas, dos condiciones humanas radicalmente opuestas y uno de los dos debía cambiar al otro para bien. Tuve mucha suerte, pues en el estira y afloje de la relación siempre me vencía.

Nunca se dejó absorber por mí; conservó con carácter fuerte su autonomía, para mi buena suerte.

Sus lecciones de vida eran muy oportunas, aunque a decir verdad se enfrentaba en ocasiones a mi dura coraza, pues me comportaba como si siempre me perteneciera la verdad, y sin disposición a ceder a cualquiera de sus explicaciones o manifestación de comprensión, mucho menos a su perdón.

“Nuestro matrimonio existe y pienso que tú y yo debemos poner más y mejores cosas para mejorarlo; me casé contigo para amarte con todo”.

Al mismo tiempo me sentía con derecho, le exigía una plena lealtad y confianza ciega poniéndome en el centro de las cosas, tratando de convertirlo en un satélite que debía girar en torno a mí y al no lograrlo me sentía agraviada. 

Entonces, desbordaba por la susceptibilidad, la amargura e irritabilidad, le hacía la vida difícil, enfrentándonos en agrias discusiones que nos agotaban.

Eso no le impidió amarme y luchar por ayudarme a cambiar.

Un día después de una fuerte crisis, llorando acerté a decirle que no me imaginaba como me tenía tanta paciencia y con cara de disgusto me escuchó entonces proponerle que nos separáramos al menos temporalmente, si ya no quería seguir así conmigo.

Bajó la cabeza y meditó un largo rato, luego rompió el silencio diciéndome exasperado: efectivamente nuestra vida matrimonial podrá ser en estos momentos un desastre, estar muy disminuida, casi a nada, y por culpa de ambos, pero nuestro matrimonio existe y pienso que tú y yo debemos poner más y mejores cosas para mejorarlo; me casé contigo para amarte con todo -también tus defectos- y yo espero lo mismo de ti.

No lo decía en una actitud de aceptación resignada, sino de una elección hecha para seguir luchando en una guerra necesaria para lograr la paz necesaria para hacer crecer nuestro amor.

“Adela, para cambiar y aprender a amar nunca es tarde y aun así es mejor tarde que nunca, solo hay que ser agradecidos”: me lo decía creyéndolo realmente, cuando en mi relación con los demás me sentía desbordada por mis suspicacias, producto de una inmadurez por la que no me sentía lo suficientemente admirada o querida, desatando en mí un fuerte espíritu crítico cargado de amarguras y resentimientos.

Luego cuando pasaba la tormenta y me daba cuenta de mis errores trataba de componer las cosas.

Ya no lucho conmigo misma, ya no trato de superar a los demás sino de superarme a mí misma. Para mí es la mejor forma de seguirlo amando.

Era entonces cuando olvidándose de sí, me ayudaba a recoger los platos rotos por mi baja autoestima y pobre auto concepto, para ayudarme a encontrarme conmigo misma haciéndome ver las cualidades que él veía en mí y yo era incapaz de reconocer.

Con su continua expresión “Adela, hay que poner amor donde no hay amor y encontraremos amor, ten paciencia”, fue capaz de encontrar poco a poco el lado fácil de una relación difícil.

Aunque no siempre, las más de las veces lograba permanecer inalterable diciendo que los días de luz se habían hecho para los momentos de total oscuridad y que si recordábamos nuestra vida a través de la luminosidad, siempre encontraríamos la forma de no tropezar en la penumbra. Esos tropiezos eran un daño directo a nuestro amor.

Días de luz… Fui así madurando, poco a poco, nunca lo suficiente, nunca de la mejor manera, pero con voluntad, y había entrado como en un plano ligeramente inclinado hacia arriba en la superación de mi deficiente personalidad.

Él se había convertido en mi principal incentivo, deseaba sinceramente corresponder a sus expectativas. Ya no está conmigo y no puedo cambiar las cosas que muchas veces casi lograron arruinar su voluntad amorosa.

Pero, ahora soy capaz de dar gracias cada mañana por el agua caliente de la regadera, con la actitud bien aprendida de saber reconocer todo lo bueno hay en la vida considerándola un regalo por el que dar las gracias.

Ya no lucho conmigo misma, ya no trato de superar a los demás sino de superarme a mí misma. Para mí es la mejor forma de seguirlo amando.

Mi esposo, como todas las personas, tenía sus defectos y luchaba, pero no esperaba nada, ni exigía nada para sí, se alegraba por lo que recibía y ordinariamente consideraba que era más de lo que se merecía.

Asumió una tarea y lo logró; enseñarme a dar y recibir cariño de familiares y amigos, a experimentar el deseo de corresponder aunque tantas veces no me considere capaz de hacerlo en la misma proporción de lo recibido.

Ahora comprendo que cuando una persona se siente querida sin apenas merecerlo, es lógico que entienda esos afectos y su propia vida como un regalo. Que solo así surge entonces de modo inevitable el agradecimiento, y si no disponemos de ninguna cosa adecuada para agradecer un regalo de esa naturaleza, solo hay una opción posible para pagar la misma moneda: agradecer el regalo—el querer de los demás—regalando algo de la misma naturaleza, es decir, queriendo.

No llegamos al matrimonio con la plenitud de la madurez; es a través de él como la vamos logrando con esfuerzo.

En el matrimonio hay muchas cosas que la naturaleza aporta para sacarlo adelante, y otras que las personas añadimos en el juego constante de nuestra libertad.

En ocasiones el matrimonio parece entrar en un callejón sin salida. Es entonces que para intentar salvarlo existe un recurso consistente en la figura jurídica de la separación sin divorcio y en ella quedan igualmente protegidos los derechos de la persona vulnerable.

Se trata de una figura intermedia que ayuda como etapa de reflexión para que uno o los dos cónyuges se den cuenta de diferentes aspectos como: el valor del otro; la mala interpretación de las actitudes en uno de ellos; que realmente se le ama, se le necesita; que se extrañan y se dan cuenta de que son esposos y quieren seguir siéndolo.

Se trata de una figura legal útil para que los cónyuges tomen distancia de los conflictos y las malas actitudes con la que los abordan y reconsideren con nuevas esperanzas el recuperar y sanar la relación sin llegar al doloroso divorcio.

 

Por Orfa Astorga de Lira, orientadora familiar

Vía Aleteia

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