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Son muchos los países de primer mundo que han vuelto a las aulas en medio de la pandemia… ¿Qué podemos aprender de ellos?

Desde mediados de abril, cuando empezaron a volver a la escuela la mayoría de alumnos en varios países asiáticos (incluyendo China) y algunos europeos como Dinamarca o Noruega, cada vez más países han ido reabriendo sus aulas.

A principios de junio, el número total ya superaba la veintena. Acabado el curso escolar, toca hacer balance de si las medidas de protección han sido adecuadas. No obstante, como advierten muchos epidemiólogos, aún no existe una evidencia científica clara que incline a sacar conclusiones definitivas.

En Europa, la región escandinava y algunos países del centro del continente han llevado la delantera en la reapertura de colegios, aunque en todos los casos esta fue solo parcial y por fases. Casi siempre, los primeros en regresar fueron los alumnos más pequeños (infantil y primeros cursos de primaria); después, cuando se incorporaron los mayores, hasta el final de la educación secundaria, lo hicieron con horarios secuenciados para evitar aglomeraciones. Así ha ocurrido en Dinamarca, Países Bajos, Finlandia, Bélgica o Austria. En Alemania, los estudiantes de los últimos cursos, que fueron los primeros en volver, han estado asistiendo en dos turnos, uno de mañana y otro de tarde.

La buena noticia es que apenas se han producido rebrotes significativos en estos países después de la reapertura de los centros escolares. En Dinamarca, la primera nación europea en volver (el 15 de abril), la tasa de contagios incluso ha bajado desde entonces. En Países Bajos, se mantuvo estable y más tarde también descendió.

 

 

Caso Alemania

Alemania sí ha visto cómo las infecciones entre menores crecían desde la vuelta a las aulas, aunque no dramáticamente. Más grave ha sido el repunte en Israel, tanto que ha obligado a cerrar de nuevo muchos centros.

Según algunos analistas, el gobierno cedió a la presión social por abrir los colegios tan pronto como fuera posible: lo que empezó siendo una apertura muy restringida, pronto se generalizó, y en unas semanas toda la población estudiantil estaba de vuelta en unas aulas que, en muchos casos, acogen a más de 35 alumnos. Además, el regreso coincidió con una fuerte ola de calor en el país, lo que llevó al gobierno a levantar la obligación de llevar mascarilla.

Medidas para evitar contagios

Los epidemiólogos coinciden en señalar cuáles son los mayores factores de riesgo en una escuela:

  • Los pupitres, especialmente en las aulas de los más pequeños. Los niños tienen contacto con él durante toda la jornada escolar, y habitualmente están hechos de materiales en los que el virus puede sobrevivir durante más de un día.
  • La falta de ventilación. Si esto es importante en general para evitar la concentración de partículas nocivas, lo es más en lugares de mayor tráfico de alumnos, como el comedor, el gimnasio, las aulas de música, etc. Un tercer factor de riesgo es el transporte escolar.

 

 

Medidas básicas de higiene y distancia social

Como en una escuela no siempre es sencillo cumplir las medidas básicas de higiene y distancia social, especialmente con los niños más pequeños, algunos países han optado por la mascarilla como principal arma anticontagio, sobre todo los asiáticos, donde su uso está bastante más normalizado en la población.

En Europa se ha apostado más por las “burbujas sociales”: grupos cerrados para la socialización en el patio o el comedor, de forma que, de haber contagio, no se extienda a otros. Algunos países, como Dinamarca, estos grupos eran muy pequeños, de no más de diez niños. En Holanda eran algo más numerosos (cada clase se dividía en dos), mientras que en Finlandia una burbuja incluía a toda la clase, que –eso sí– no se podía mezclar para nada con las demás.

Los países orientales han optado por la mascarilla como principal herramienta anti-contagio, mientras que en Europa se ha apostado por las “burbujas sociales”.

También ha sido diferente la manera de abordar los casos de contagio. En la mayoría de los países, se ha cerrado la escuela al completo, por ejemplo en Israel o China. En cambio, en Alemania o la región canadiense de Quebec, ante un diagnóstico de covid-19 solo se ponían en cuarentena durante dos semanas a la clase y los profesores que habían tenido contacto con el contagiado.

 

 

El bien mayor del alumno

Según ha ido pasando el tiempo, cada vez han surgido más voces que consideran que las consecuencias negativas que tiene para los alumnos no regresar a las clases presenciales superan a lo que se gana en cuanto a la contención del virus. A la presión social por parte de muchas familias para que abran los colegios se suma, en ocasiones, la opinión de los científicos.

En Estados Unidos, la Academia Americana de Pediatría (AAP) publicó hace unas semanas una guía para la vuelta a las aulas en la que recomienda vivamente que “todas las políticas que se consideren para el curso próximo se encaminen al objetivo de tener a los estudiantes en la escuela de forma presencial”.

Los especialistas señalan que, según la evidencia científica, la transmisión entre menores es baja. En cambio, los problemas asociados al aislamiento social son graves, y afectan especialmente a los niños más desaventajados.

En primer lugar, el retraso académico. Se sabe que las vacaciones de verano suponen un freno mayor para los alumnos de familias con menos recursos. Pero, aparte de esto, existen otros problemas: padres que dependen del comedor escolar para poder alimentar a sus hijos, enfermedades asociadas al descenso de la actividad física, problemas psicológicos relacionados con la falta de relaciones cara a cara con iguales, o incluso mayor riesgo de maltrato en familias violentas. Por todo ello, la AAP pide que se retomen las clases presenciales cuanto antes.

 

 

Escrito por: Fernando Rodríguez-Borlado, vía Aceprensa.

 

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