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Inteligencia no es sinónimo de madurez, por ello muchos chicos pueden presentar problemas en la escuela que no están ligados a sus capacidades de aprendizaje.

Hoy en día mucho se habla de Educación Inclusiva, es más, se ha convertido en una obligación legal, actualmente las instituciones educativas deben aplicar este criterio. Sin embargo, al pensar en inclusividad, muchos nos quedamos con “incluir” dentro del salón a estudiantes con necesidades educativas especiales, antes conocidas como “discapacidades”. Sin lugar a dudas, para estos chicos y sus familias, este tipo de inclusión es una gran noticia, pues les permite adaptarse mejor socialmente, prepararse mejor profesionalmente, y lo más importante, aportar desde sus capacidades.

Otro tipo de formación

Existen otras realidades, que podrían beneficiarse en gran manera de un colegio verdaderamente inclusivo. Digo “verdaderamente” porque existen muchos estudiantes “regulares” que no tienen un diagnóstico o alguna capacidad especial, pero sabemos que son inteligentes, solo que no obtienen los resultados esperados en el colegio. Ellos, generalmente por su temperamento o su estilo de aprendizaje no se adaptan fácilmente al método educativo tradicional.

Ante esto, para poder brindarle a estos niños las herramientas necesarias para que alcancen su máximo potencial, la comunidad educativa debe tener presente:

  • Preocuparse y ocuparse: en algunos casos, la inquietud puede venir por parte del maestro por algo que observa en clase, o la pueden plantear los padres, lo importante es compartir esta valiosa información, teniendo siempre en mente el bienestar del niño.
  • Profesionales externos: muchos de estos chicos pueden beneficiarse de la opinión de un experto, puede ser un psicólogo si la dificultad viene por el lado del carácter o la conducta; o un psicopedagogo, si se buscar trabajar en el estilo de aprendizaje. En ambos casos, le brindarán al colegio y la familia recomendaciones valiosas para acompañar al chico en este proceso de aprendizaje.
  • Trabajo en equipo: fortalecer el “triángulo de la educación” que se refiere a la interacción de familia – colegio – estudiante, para que todas las estrategias que se apliquen vayan en un mismo sentido y el progreso sea más significativo.
  • Ser flexibles: todos queremos que el progreso de nuestros hijos sea palpable y medible; como padres y maestros debemos estar dispuestos a postergar éxitos académicos inmediatos, si vemos prioritario trabajar algún área específica de la personalidad o alguna habilidad básica para el aprendizaje.

Aplicando estas sencillas estrategias y sosteniéndolas con un acompañamiento al desempeño académico, seguro veremos surgir la versión de nuestros hijos.

Lo que está en juego es la felicidad de nuestros hijos, por lo que debemos acompañarlo en este proceso de superación. Tengamos presente que la educación es un proceso que dura toda la vida, y lo más importante no es la siguiente libreta, sino cómo los estamos preparando para seguir aprendiendo y para su vida adulta. Eduquemos personas completas tanto en inteligencia como en voluntad y creciendo en virtudes.

Por Inés Melina Cobo de Gilbert
Directora ejecutiva de Sir Thomas More.

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