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Sucede que no todos siguen con atención la misa. A veces, el párroco es obligado a reprobar las charlas entre los fieles, interrumpiendo temporalmente la liturgia. Un reclamo que no es accidental. Porque el silencio durante la misa tiene una importancia antes que nada teológica. Descubramos el porqué. 

Silencio sagrado

“El silencio en la iglesia durante el culto santo –explica el liturgista don Enrico Finotti– es una cuestión primordial en cuanto a que del correcto enfoque del “silencio sagrado” depende en buena medida la eficacia espiritual de la acción litúrgica”.

“No considero oportuno, sin embargo, intervenir en las situaciones concretas, en cuanto a que se presume que cada sacerdote se comporte de manera adecuada en circunstancias a veces difíciles”, añade.

La escucha de Dios

En sentido general, explica el sacerdote, se pueden indicar algunas pautas. Primero que nada, “el clima de silencio interior y exterior es propio de cada celebración litúrgica. De hecho, se trata de disponer el ánimo para escuchar a Dios, que habla a su pueblo, de elevarle alabanzas con regocijo y recibir de su misericordia las maravillas de la gracia que son los sacramentos”.

La majestad del Padre

En segundo lugar, observa don Enrico, “Dios no puede nunca ser reducido a nuestro nivel. Él permanece siempre envuelto por el fulgor de su trascendencia. Aunque con la Encarnación el Hijo Unigénico vino a habitar entre nosotros y permaneció con nosotros como con amigos (Dei verbum), Él no ha quitado la mirada de la Majestad divina del Padre, a quien demuestra una absoluta obediencia adoradora”.

“Él mismo, como ‘el Hijo’, está permanentemente envuelto de la misma sustancia que el Padre y, a menudo, tal esplendor irrumpe por su igualmente verdadera humanidad -continúa- De hecho, muchos de sus contemporáneos han declarado que ninguno nunca ha hablado con tanta autoridad como Él. Esta majestad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, exige, sobretodo en la sagrada liturgia, el silencio y la veneración”. 

Los tres silencios 

Sobre esta base teológica, la Iglesia prevé más de un silencio: “El silencio preparatorio a una celebración (para los ministros en la sacristía y para los fieles en la nave); el silencio ritual para realizar coralmente los gestos y pronunciar las oraciones establecidas, pero también para interiorizar los contenidos de la Palabra proclamada y de los ‘signos santos’, que velan los santos misterios; y el silencio sucesivo a las celebraciones para no dispersar inmediatamente la intensidad del recogimiento interior”.

La importancia del templo

Para distinguir el ambiente de silencio del de la conversación y el encuentro fraterno, “la arquitectura eclesiástica clásica otorga al principio el vestíbulo de la iglesia y más adentro el templo, que es el lugar de mediación y de pasaje entre el culto del templo y el tumulto del mundo”. 

“En el templo, la devoción del corazón y el encuentro adorador con Dios se traduce en esa ‘sobria exaltación del Espíritu’ que invade a los fieles en el éxodo de la asamblea santa, donde reciben la Palabra que salva y el Pan de la vida eterna: una fraternidad regenerada, que del lugar santo se expande al mundo”. 

Educar a los fieles

Desgraciadamente, constata don Enrico, “en el contexto contemporáneo el silencio no tiene mucha consideración y se vuelve difícil ponerlo en práctica, incluso en la iglesia, y la educación al ‘silencio litúrgico’ debe ser retomada con constancia y determinación”. 

“De hecho, no existen alternativas: sin silencio interior y exterior, cualquier intento de reflexión, de devoción y de contemplación se extingue al nacer -advierte-. No es, de hecho, posible considerar suficiente para el crecimiento en la fe una celebración litúrgica sólo formal y exterior. No podemos honrar a Dios sólo con las palabras, sin una adecuada correspondencia del corazón”.

Fe y paciencia

Para concluir, el liturgista invita a no sorprenderse por las “dificultades que el silencio puede encontrar incluso en su propio lugar, la iglesia y en la acción más santa, la liturgia”.

“No debemos perder el ánimo -afirma-. Trabajemos con confianza, sostenidos por la fe, para que con paciencia y gradualmente el pueblo cristiano alcance nuevamente esa madurez religiosa de los tiempos mejores, que no será fruto de imposiciones formales, sino exigencia de una oración convencida y de una fe viva”.

 

Vía Aleteia

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