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En muchos hogares hoy en día se habla y practica bastante de la doble moral. ¿Cómo es esto y cómo poder afrontarla?

En el último episodio de mi podcast, que pueden escuchar en Spotify, hablaba de cómo la raíz de esta ola de violencia y crimen está en nuestros propios hogares. Claro que hacen falta leyes más duras con los criminales, bien como una justicia confiable que cumpla el debido proceso de manera transparente y eficiente, luego de que la fuerza policial bien entrenada y dotada haya hecho su trabajo en las calles. Pero nada de eso elimina el mal; solamente enseñar y practicar moral objetiva nos sacará de esta pesadilla.

Esa es labor de nosotros, los padres, inculcar respeto por lo ajeno, la verdad ante todo y la dignidad de la vida humana. Cuando era pequeño mi mamá me decía: “tienes que decir la verdad siempre aunque te estén matando”, no hay medias tintas cuando se trata de moral, no hay circunstancias atenuantes. Ni la propiedad privada ni la verdad ni la vida están sujetas a interpretaciones, las cosas son como son.

Y la mayoría tiene problema con ello, porque una verdad absoluta implica que puedo estar equivocado, puedo errar, puedo ser juzgado y condenado. Y nadie quiere estar mal. Todos preferimos vivir bajo nuestra verdad, acomodar los hechos a nuestra conveniencia. Eso se llama relativismo. Por eso la izquierda progresista tiene décadas, siglos, combatiendo la moral objetiva como algo obsoleto, construyendo narrativas que justifiquen sus actos, pensamientos y deseos.

 

 

La doble moral un fallo grave en las familias

Una amiga me llevó a profundizar la reflexión: ¿por qué hemos fallado las familias en enseñar moral objetiva en casa? Porque en hogares destruidos o disfuncionales casi no hay espacio para esa conversación.

En 2020 por cada 2 matrimonios celebrados se registró 1 divorcio en el país. Y la mayoría se separa entre los 30 y 40 años, con poco tiempo de casados, muchas veces dejando niños sin un papá o una mamá. Cada año más de 3,000 divorcios se dan por abandono injustificado de cualquiera de los cónyuges.

Datos oficiales del Buró de Censos en EEUU demuestran lo que ya se llama “crisis de paternidad” y que la sufren casi 20 millones de niños en ese país, sin papá en casa. ¿El resultado? Esos menores tienen 4 veces más riesgo de caer en pobreza, 7 veces más probabilidad de embarazo adolescente, el doble de riesgo de mortalidad u obesidad infantil, mayor probabilidad de abuso de drogas y alcohol, cometer delitos y terminar en prisión, ser víctima de abuso y abandonar los estudios. Otros resultados adversos se encuentran en hogares sin mamá.

El factor económico no es despreciable tampoco. Bien sea por la necesidad de sostener un presupuesto familiar con dos ingresos o bien porque la migración de uno de los padres resulta ser la única alternativa para muchas familias, los niños son cada vez más entretenidos por dispositivos electrónicos o terceras personas que no tienen su mejor interés en mente. Hogares en que no se habla a diario de principios o valores, en que no se enseña sistemáticamente a desarrollar virtudes, en los que se vive una doble moral que confunde a los más pequeños.

Predicamos que está mal robar, pero buscamos abiertamente versiones piratas de las películas o canales que nos gustan; decimos que no se debe mentir, pero lo hacemos descaradamente a un vigilante, vecino o amigo. Nuestros hijos nos están observando y si acaso nos cuestionan, damos alguna respuesta gris que promueve ese relativismo que nos carcome. Porque -repito- nadie quiere estar mal y peor aún que lo señalen. El problema del mundo con la moral absoluta es que expone sus flaquezas.

 

 

Escrito por: Pablo Moysam D.
Twitter: @pmoysam
 Spotify: Medio a Medias.

 

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